Celebrar el día de la independencia de Colombia o no celebrar, parece ser el dilema de los últimos días en las islas. Varias personas me han sorprendido con la pregunta, un poco a quemarropa, si estaría de acuerdo en no celebrarlo. Mi respuesta en todos los casos fue que no estaba de acuerdo, aún lo pienso así. Sin embargo, no había hecho el ejercicio, ni en el momento de la pregunta, ni días después, de preguntarme a mí misma el porqué de mi posición.





Las pretensiones de Nicaragua sobre el Caribe ya estaban cantadas. Minutos después del fallo de La Haya hizo saber que reclamaría más espacio allende sus costas. Pero el gobierno colombiano parece continuar aletargado tras la sentencia del pasado 19 de noviembre de 2012 y a la espera de otro golpe similar o más contundente.
Las siguientes palabras no solamente van a enloquecer a mi ordenador (especialmente con los términos que requieran tildes, porque la bendita máquina no puede entender en qué idioma quiero escribir), sino también a mis lectores. Porque es un experimento con la palabra, y con el cual he estado coqueteando hace largo rato. Y porque las genuinas expresiones de vida, eternamente arrinconadas y postergadas, sólo crean ansiedades y pesadillas.














