
Debatir la utilidad -o peor aún, la necesidad- de los semáforos en pleno siglo XXI es tan bizantino como poner en tela de juicio, por ejemplo, el papel de la energía eléctrica o la salud pública en la sociedad. Lo importante, lo primordial, no es su existencia vital y necesaria; sino su funcionamiento y el provecho que de ellas obtengan los ciudadanos.























