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La rosa de los persas

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weildler guerra blanco y negro columnaLa semana pasada, Donald Trump escribió en su red social: "Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás." Se refería a Irán. El ultimátum era que Teherán abriera el estrecho de Ormuz antes de las ocho de la noche o enfrentaría la destrucción total de sus puentes y sus centrales eléctricas. Un alto al fuego de último minuto evitó lo peor, pero la frase quedó flotando en el aire como una amenaza que el mundo no debería olvidar.

Me pregunto si Trump sabe lo que estuvo a punto de borrar.

Persia es una de las cunas más prolíficas de la civilización humana. Ciro el Grande promulgó, en el siglo VI antes de Cristo, uno de los primeros documentos conocidos de derechos humanos y liberó a los judíos del cautiverio en Babilonia. Al-Khwarizmi inventó el álgebra y dio nombre a los algoritmos; sin él, no existiría la computación moderna. Ibn Sina sistematizó la medicina durante siglos, y Omar Khayyam —astrónomo, matemático, poeta— reformó el calendario solar con notable precisión y escribió versos que aún interrogan el tiempo y la muerte.

Cuando pienso en lo que se hubiera perdido esa noche, no pienso solo en logros.

Borges lo nombró, sin nombrarlo del todo, en un brevísimo poema de su Fervor de Buenos Aires. El texto se llama “La rosa” y en él invoca, entre otras imágenes, “la rosa de los persas y de Ariosto”. No es una imagen decorativa. En la tradición sufí persa —la de Hafez, la de Rumi— la rosa es el símbolo de lo amado inalcanzable, de la belleza que existe más allá de su propia forma. Al poner la rosa persa junto a la de Ariosto en un solo verso, Borges sugiere que no hay Occidente sin Oriente en la historia del pensamiento, que esa herencia es compartida e imposible de escindir. La rosa de los persas no es una flor: es el símbolo de lo que una civilización teje en el tiempo, de lo que permanece porque fue amado y nombrado.

Mientras contemplo mi jardín, pienso en lo que la humanidad le debe a Persia. La palabra paraíso viene del persa antiguo pairidaeza: jardín amurallado. No es solo una forma de ordenar las flores y el agua, sino una manera de concebir la belleza como refugio, como espacio protegido del caos del desierto y de la historia.

Trump puede arrasar escuelas, puentes y centrales eléctricas. No puede destruir el álgebra ni los Rubaiyat ni las geometrías narrativas de las alfombras persas. Pero los maestros que transmiten esa memoria, los poetas que la cantan y los jóvenes que formaron cadenas alrededor de sus puentes históricos sí son destruibles. Y en esa fragilidad es donde una civilización puede quebrarse.

Si eso ocurriera, lo que quedaría no sería el silencio sino algo peor: la imagen desoladora que Khayyam dejó plasmada hace novecientos años: “El palacio que lanzó sus pilares al cielo, y ante cuyo umbral los reyes inclinaban la frente, vi allí una tórtola solitaria y solo decía: ‘cu, cu, cu’.” Eso sería Teherán: la rosa inalcanzable.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Sábado, 11 de Abril de 2026 08:55 )  

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