Toda transformación importante necesita un momento colectivo que la ordene. Un punto donde se reconoce que algo terminó y que lo que viene aún no está claro. A eso, en términos simples, se le puede llamar un ritual: no algo religioso necesariamente, sino un acto que ayuda a pasar de una etapa a otra.
El antropólogo Victor Turner estudió estos procesos y encontró que siempre ocurren en tres momentos: primero, se deja atrás lo que ya no funciona; luego se entra en una fase intermedia, incómoda e incierta; y finalmente aparece una nueva forma de organizarse. A esa fase intermedia la llamó liminalidad.
La liminalidad es, básicamente, estar en el medio. Ya no eres lo que eras, pero tampoco sabes bien en qué te estás convirtiendo. Es un momento confuso, porque las reglas pierden fuerza y no hay un camino claro. Pero también es un momento clave, porque ahí es donde realmente puede ocurrir el cambio. Si no se atraviesa bien, se convierte en estancamiento.
Ese concepto no solo aplica a personas o rituales tradicionales. También sirve para entender lo que está pasando hoy en el archipiélago. Lo que vivimos puede llamarse, sin exagerar, una liminalidad insular.
No es solo que haya problemas en distintos sectores. Es que todo parece estar en transición al mismo tiempo. La economía depende de un modelo que muestra sus límites. Muchas empresas son pequeñas y tienen dificultades para sostenerse. La educación no siempre responde a lo que el entorno necesita. Y la condición insular hace que todo sea más difícil: más costos, menos opciones, más dependencia.
A esto se suman los efectos de situaciones recientes que no solo impactaron lo material, sino también la manera en que la gente percibe el futuro. La sensación general no es de estabilidad, pero tampoco de colapso. Es más bien la de estar en medio de algo que no termina de definirse.
Eso es la liminalidad insular: un territorio que ya dejó atrás una forma de funcionar, pero que todavía no encuentra otra.
El problema es que estos momentos no se resuelven solos. Si no se atraviesan, se alargan. Y cuando se alargan, desgastan.
Por eso vuelve a aparecer la idea del ritual, pero entendida de forma práctica: un espacio donde todos —instituciones, empresas, comunidad— puedan reconocer lo que está pasando, hablarlo con claridad y asumir decisiones en conjunto. No como un evento simbólico, sino como un punto de partida real.
Nombrar este momento ayuda. Permite entender que no estamos quietos, sino en proceso.
Y cuando una comunidad entiende que está en ese punto, también entiende algo más importante: que el siguiente paso no depende del azar, sino de lo que decida hacer, juntos, con lo que tiene hoy.
------------------
Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















