Puede que haya algo en los archivos secretos del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) porque en aquellos tiempos no se movía un dedo sin que sus agentes no lo notaran. La coyuntura y circunstancias particulares de 1983 otorga mucho peso a la posibilidad de que Daniel Ortega pasó un tiempo breve refugiado en San Andrés.
El registro de dicha presencia está en la memoria colectiva de muchos raizales adultos. Aunque esos recuerdos cargan una genuina dosis de solidaridad, también arrastran cierto desencanto. A nuestras islas llegaron muchos refugiados nicaragüenses de la guerra civil cuando Ortega y los suyos luchaban contra la dictadura de Anastasio Somoza.
Al término de la Revolución Sandinista ganaron las elecciones en 1984 y San Andrés habría jugado un papel importante en esa gesta por el refugio que les habría otorgado cuando la estrategia contrarrevolucionaria de los llamados ‘contras’ buscaba impedir, entre otras cosas, la expansión de gobiernos de izquierda en América Latina.
Por maniobras militares en países fronterizos y el temor a una intervención en Nicaragua, más los intentos pacifistas de Belisario Betancur y la cercanía de San Andrés, nuestra isla era refugio ideal para proteger a Ortega. Es, entonces, muy probable que Betancur –quien expresó repudio a toda intervención en Nicaragua– no sólo conociera de su presencia en San Andrés, sino que habría ordenado su protección.
En 1983 el ahora presidente nicaragüense se acercó al naciente Grupo de Contadora, que era un aval contra la guerra y una contraofensiva diplomática a la planeada intervención militar para derrocar al proyecto Sandinista de Ortega, parte fundamental de la estrategia belicista y la diplomacia de cañoneras de Ronald Reagan en plena Guerra Fría.
No sobra recordar que ya, desde entonces, Ortega coqueteaba con la órbita cubana y socialista, un anatema para el presidente Reagan.
Adicional a lo anterior para justificar otorgarle protección en San Andrés, Colombia tenía un interés estratégico nacional en el acercamiento o rapprochement a Ortega y a otros líderes nicaragüenses: minimizar los eventuales efectos o en últimas convencerlos de desistir de demandarnos en La Haya.
La diplomacia colombiana propició también más adelante el acercamiento a otro presidente nicaragüense, José Arnoldo Alemán, antípoda ideológico de Ortega, quien también visitó San Andrés antes de que fuera elegido en 1996, esta vez con una propuesta anti-sandinista y anti-Ortega. Finalmente la demanda se presentó en 2001.
La estrategia colombiana del rapprochement era extremadamente importante porque Presidencia y Cancillería anticiparon desde hacía varios años que el Meridiano 82 no podía sostenerse legalmente como nuestra frontera con Nicaragua porque no se plasmó en un tratado sino en un canje de notas que no tenía piso legal, y por lo tanto se presuponía que en La Haya íbamos a perder aguas.
De allí el esfuerzo hecho en fijar fronteras con los otros países con tratados que acabaron –muchos de ellos– sin efectos con el fallo de 2012, lo cual obliga a la delimitación de varias fronteras y la firma de otros tratados.
La posible ‘estrategia raizal’ de Ortega
Es difícil encajar el trasfondo de solidaridad isleña y colombiana que Ortega y cientos de refugiados nicaragüenses habrían recibido en nuestras islas con la extrema adversidad e intransigencia del liderazgo sandinista hacia nuestro país.
La posición de Ortega hacia el tema raizal otorga peso a las aseveraciones y relatos de la época de que estuvo asilado en San Andrés. Ortega expresaba y aún expresa sentimientos anti colombianos pero nunca específicamente anti isleños o anti raizales.
Esto se podría explicar por su empatía con nuestra cuestión étnica, que presuntamente se afianzó por su citada estadía en San Andrés, su conocimiento de la situación y la cercanía raizal nuestra con los habitantes creoles de Nicaragua, especialmente los oriundos de Corn y Little Corn Islands y la zona de Bluefields.
Sin embargo, también podría tener una connotación estratégica por lo intrínseco a la hoja de ruta del reclamo territorial nicaragüense: aprovechar las supuestas fricciones entre raizales y Colombia utilizándola para sus pretensiones territoriales.
Tal vez por ello Ortega ofreció a líderes raizales negociar directamente con ellos una nueva frontera y derechos ancestrales de pesca, algo rechazado de plano por nuestro gobierno nacional.
Sin embargo, la estrategia de Ortega para debilitar el nexo raizal con Colombia tuvo un efecto contraproducente: fue un regalo propagandístico para las políticas de soberanía colombianas sobre las islas, que se fortalecieron, con una mayor atención e inversión nacional en las islas.
No obstante, más allá de las intenciones dubitativas de Ortega, su simpatía por conveniencia –o no– por los raizales colombianos subraya el valor que él otorga a la conexión étnica de nuestras islas con los territorios nicaragüenses ocupados por raizales como nosotros.
Algo que aún se subestima y no se aprovecha a fondo como factor de desarrollo etnocultural, socioeconómico y de respeto a derechos humanos étnicos que se podría lograr a través de un más estrecho acercamiento interétnico binacional, algo que disfrutan otras comunidades fronterizas pero no se nos facilita a nosotros.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















