Comenzamos la celebración de la Semana Santa, que lleva ese nombre por cuanto los misterios que celebramos son los más santos y más grandes de nuestra Fe, la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro redentor; por eso mismo exige de nosotros los vivamos con santidad de vida.
La Semana Santa tiene como puerta de ingreso la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, a la que me voy a referir utilizando cuatro palabras tomadas de las lecturas de hoy; todas comienzan por “R” de ramos y describen las cuatro caras de los personajes que hacen parte del Domingo de Ramos.
La primera cara es la de Dios Trinidad, es una cara de donación, pues él “No Retuvo”. Retener es una palabra que nos lleva al origen mismo del plan de Dios. El Domingo de Ramos no es un acontecimiento suelto, hace parte del plan trinitario para salvar a la humanidad.
El Mesías fue enviado al mundo por el Padre Celestial, encarnado por obra y gracia del Espíritu Santo en el vientre de María Santísima, y viene “sin retener”. San Pablo escribe a los Filipenses: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2, 6).
Es claro el apóstol cuando dice que Jesús no quiso retener para sí su origen divino, sino que se humilló. Retener no es de Dios, de él es “no retener”, donarse totalmente. La cara del Mesías recién nacido es la de la sencillez y de la humildad. Jesús entra montado en un asno prestado, que es el animal de la gente sencilla y común del campo; entra sin posesiones, sin pompa, y sin retener nada, y es proclamado rey por la gente sencilla del pueblo.
Vivamos la semana santa sin retener nuestra condición pecadora, sino asumiendo nuestras culpas y buscando el perdón en el sacramento de la reconciliación. Vivamos esta semana sin retener los días santos para nuestro descanso y comodidad personal, sino donando nuestro tiempo para escuchar a Dios, para la oración ferviente; vivamos estos días sin retener nuestros bienes, sino en actitud solidaria en favor de los más necesitados.
La segunda palabra es “Rostro de Pedernal”, referida a la cara de Jesús cuando entra en Jerusalén. Dice el profeta Isaías quien mejor describió el misterio de la Pasión del Señor: “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado” (Is 50, 7).
La expresión “rostro de pedernal” destaca, por lado su belleza divina de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios; y por otro, su convicción recia e inquebrantable con la que, instauró el reinado de Dios, su Padre; Jesús es cara dura, y lo describe así el profeta: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. Y aunque “muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano” (Is 52, 14), no desistió de su misión; tenía rostro de pedernal.
Estamos llamados a peregrinar interiormente hacia el rostro de Jesús para adorarlo cantando: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”; y clavando la mirada en su rostro, que tiene una mirada sabia, amorosa, y nos invita a confiar en él, que es el Mesías que viene, que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. El salmo de hoy nos invita a peregrinar con manos inocentes, con corazón puro, rechazando la mentira y con el deseo de buscar del rostro de Dios (Sal 23).
La tercera es la palabra “Rey”; los profetas, esperaban un Mesías con cara de Rey. En el evangelio que precede la procesión de Ramos se dice: “Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: Digan a la ciudad de Sión: mira a tu rey que está llegando humilde, cabalgando un burrito, hijo de asna” (Mt 21, 4 – 5). Y en el relato de la Pasión escuchamos que “Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús respondió: Tú lo dices” (Cfr Mt 26, 14 — 27, 66).
Jesús instaura un modo nuevo de reinar. Nos enseña que la vida se mueve entre dos fuerzas; la fuerza de gravedad que atrae hacia abajo, hacia el egoísmo, hacia la mentira, y hacia el mal; esa fuerza nos abaja y nos aleja de la altura de Dios; así son los reinados de este mundo. Pero está la fuerza de gravedad del amor de Dios, que atrae hacia lo alto y mueve a vivir y morir sirviendo por amor. Jesús reinó movido por la fuerza de gravedad del amor de Dios.
En su entrada triunfal, Jesús nos hace partícipes de su reinado. Vivamos esta Semana Santa permitiendo que Jesús reine en nuestra vida, en la familia y en la sociedad, sabiendo que reinar es entregarse por los demás, reinar es hacer visible el amor de Dios; reinar es servir sin ningún interés, reinar es hacerse cargo inclusive de los pecados de los demás.
La cuarta es la palabra “Ramos”, que representa la cara de quienes salen con ramos a recibir al Mesías. Dice san Mateo: “Una gran muchedumbre alfombraba con sus mantos el camino. Otros cortaban ramos de árbol y cubrían con ellas el camino. La multitud delante y detrás de él, aclamaba: ¡Hosana al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosana en las alturas!” (Mt 21, 8s). Son niños, personas pobres, almas creyentes y humildes quienes salen al encuentro de Jesús; son personas libres interiormente y sin afán de poder.
Jesús viene siempre de nuevo; por lo tanto, la actitud con la que debemos recibirlo es haciéndonos como niños, deprendiéndonos de la corrupción de nuestros intereses que dañan al mundo para hacer de Jesús nuestra riqueza. En la Eucaristía viene a nuestro encuentro.
La decisión más inteligente y coherente en esta Semana Santa es acoger al Señor y seguirlo hasta el final, como enseña san Andrés, obispo de Creta, no solamente poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o ramas verdes de olivo que muy pronto perderán su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















