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Siete agonías

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Edna Rueda Abrahams 2025 COLUMNAEn este mundo la gente se moría siete veces antes de morir del todo. Podía ser de viejos a los cien años, o antes si las siete oportunidades se le agotaban. Era un hecho conocido y no espantaba a nadie.  La mayoría perdía una o dos vidas antes de cumplir los treinta años...

Un accidente de tránsito o una sobredosis, un salto en paracaídas que no salía bien, o un envenenamiento con comida rancia. Las personas se prometían amor hasta que la próxima muerte los separara, se planeaban créditos con base al número de vidas que aún se tenían y se aceptaban postulaciones a doctorados solo para quienes tuvieran al menos cinco vidas para seguir investigando.

Después de cada muerte, la vida no hacía regresión: la metodología era otra. El muerto se levantaba de la tumba unos días después de todos los ritos y sacudiéndose la tierra, empalmaba la nueva oportunidad, con la pasada.

El suicidio no tenía el desprestigio que tiene en este mundo, pero la cobardía era vista como un hecho detestable y, podía provocar incluso el destierro, sobre todo en los que llegaban a viejos con las vidas completas.

Estas personas eran vistas con desprecio por todos, casi con asco. La gente cruzaba la calle cuando los veía venir y se le había inventado un nombre para hacerles chistes y dejarles caer el insulto: “los blandos”

Él era un blando

Tenía casi cien años y solo había estado al borde de la muerte una vez en la infancia. Después de eso, su madre lo cuido como si fuera de porcelana, haciéndolo cobarde y tibio. Nunca salió del barrio, ni trabajó para alguien que no fuera familia, no llevaba la contraria y su sentido del humor era tan blanco que parecía translúcido, era insípido como el vapor del agua, era como un apio sin sal.

Se casó con una mujer que continuó la historia de la madre, perdiendo incluso varias vidas para cuidar la suya. Él era un “blando”, temeroso, no tenía una opinión política ni de religión, no iba a la guerra ni a las protestas, no salía en la noche, ni se alzaba la voz.

Lo suyo era el miedo atroz, el miedo a gastarse, a perder lo que acumulaba y se le hacía rancio en las manos, el miedo al fracaso que los otros parecían tener superado. Tenía tanto miedo que tardó siete lunas en completar su propia muerte, usando siete agonías una tras otra, muriendo con tal lentitud que para cuando se fue del todo ya se había acabado el luto.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.  

 

 

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