Hubo un tiempo cuando el afán no era prisa. Era un 'a fan': un ventilador encendido en la sala, moviendo el aire caliente de un lado a otro mientras la vida transcurría sin urgencia. El tiempo no se perseguía, se habitaba. Había espacio para sentarse, para mirar, para reconocer al otro sin que eso interrumpiera nada importante.
El afán era brisa, no presión. Hoy la palabra se torció. Ya no refresca, empuja. Se volvió una forma de vivir en la que todo exige velocidad y nada concede pausa. En ese tránsito, dejamos de vernos.
En la isla con ambiciones de planeta, ese cambio no es abstracto. Se siente en la forma en que caminamos, en cómo hablamos, en lo poco que escuchamos. La violencia no aparece sola; crece en un terreno donde el otro deja de importar. No puedo fijar aquí una cifra exacta, pero basta recorrer la conversación diaria para notar el aumento de conflictos, la irritabilidad que se instala, la desconfianza que se vuelve norma. El cuerpo lo registra: tensión constante, cansancio que no se resuelve durmiendo, respuestas rápidas que evitan el encuentro. Vivimos resolviendo, no vinculándonos.
El problema no es solo la prisa, es lo que premia. Estar ocupado se volvió una credencial. El descanso incomoda, el ocio se juzga. Y sin ocio no hay juego, sin juego no hay vínculo, sin vínculo la empatía pierde terreno. No porque desaparezca como valor, sino porque deja de practicarse. Nadie aprende a mirar al otro si nunca se detiene.
Entonces aparece una idea incómoda: la prosperidad no es acumulación, es entorno. Una tesis tibetana lo dice sin rodeos: un hombre es tan rico como el bienestar del mendigo que vive cerca de su casa. Si el entorno sufre, esa riqueza está incompleta. No hay blindaje posible frente a un tejido social roto. La seguridad, la tranquilidad, incluso la posibilidad de proyectarse, dependen de que lo común funcione.
Por eso la empatía no puede quedarse en discurso. No es una emoción privada, es una práctica concreta. Se expresa en decisiones pequeñas y sostenidas: pagar justo, sostener procesos, participar, abrir tiempo para el otro sin calcular el beneficio. Es menos espectacular que la queja, pero más efectiva.
Tal vez la pregunta no es cómo volver a sentir más, sino cómo volver a parar. Recuperar algo de ese 'a fan' inicial: un ritmo que permita que el aire circule, que la mirada alcance, que el otro vuelva a existir en el centro de la escena. Porque cuando todo corre, nadie alcanza a encontrarse. Y sin encuentro, no hay comunidad que resista.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















