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Con los ojos del corazón se puede mirar la verdad

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SANABRIA.OBISPOLa Palabra del cuarto domingo tiene como propósito ayudarnos a afinar la mirada para aprender a mirar con los ojos de Dios y descubrir la verdad. No todo lo que brilla es oro, dice el refrán popular, y así es; por tanto, hay que aprender a mirar a profundidad para descubrir la verdad que a veces se esconde detrás de las apariencias.

Por lo tanto, no basta tener en buen estado los ojos del cuerpo, se hace indispensable tener muy bien los ojos del corazón para mirar con los ojos de Dios.

El corazón tiene ojos, y esos ojos ven mucho más allá de lo que ven los ojos del cuerpo. Razón tenía la zorra, cuando le decía a Principito: “Este es mi secreto, es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos, se le puede ver solo con los ojos del corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos”, repitió el Principito para grabárselo en la memoria. Invitados a afinar tres miradas.

La primera mirada, ver a Dios con los ojos del corazón. Un sábado Jesús curó a un ciego de nacimiento que pedía limosna. El hombre ciego, comienza un proceso que va de las tinieblas hacia la luz. Cuando apenas abre los ojos no sabe quién es Jesús, poco a poco lo va descubriendo no por el camino de las ideas, sino con los ojos del corazón; entendió que Dios lo ama y que es bueno porque le quitó la ceguera (Cfr. Jn 9, 1 – 41). En este ciego se cumple lo de san Pablo: “Ustedes antes eran tinieblas, pero ahora, son luz por el Señor” (Ef 5, 8).

En todo encuentro con Jesús, él nos va abriendo los ojos. El ciego fue intimidado por los fariseos para que no dijera que vio en Jesús al Hijo de Dios, porque en realidad Jesús es hombre pecador, a lo que el ciego responde: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”; y añade: Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder”.

Al presentarse el ciego curado a los fariseos lo expulsaron de la comunidad. “Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es. Él dijo: Creo, Señor. Cada encuentro con Jesús en la Eucaristía o en la oración es una oportunidad de contrastar nuestra visión con la mirada que Dios tiene sobre el mundo. El ciego vio a Jesús con los ojos del corazón, y para él, Jesús es Dios, y esa es su gran verdad.

La segunda mirada, ver a Dios en los demás. Dios sabe esconderse y solo lo podemos ver con los ojos del corazón. “El Señor dijo a Samuel: «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí». Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón” (Cfr. 1 Sam 16, 1 – 13).

Al hermano tenemos que mirarlo no con los ojos humanos, sino con los ojos del corazón… pues el hombre ve con los ojos, más el Señor mira con el corazón. ¿Por qué miró Dios al más pequeño? Dios elige a David porque es el más pequeño, el que menos intereses tiene en lo relacionado con el gobierno de la nación y sus intrigas. Por eso, nos recuerda el origen sencillo y humilde del pastor… que llegó a ser rey. Y eso no se debería olvidar nunca.

En toda persona está la imagen y semejanza de Dios; con los ojos del corazón podemos descubrir la belleza singular que toda persona tiene; podemos ver su capacidad de obrar el bien que brota de su corazón; y podemos enriquecernos con las verdades que la otra persona tiene y que enriquecen las nuestras. No somos enemigos que se repelen mutuamente, somos hermanos que se abrazan y se complementan. En la otra persona, independientemente de lo que sea, está la presencia de Dios. Jesús en aquel un pobre ciego limosnero, conocido así por la sociedad, descubrió a un Hijo de Dios; lo curó, lo dignificó y lo posicionó ante el pueblo judío como un hijo amado de Dios.

La tercera mirada, permitir que otros vean a Dios en nuestra manera de vivir. Somos como un espejo que refleja a Dios. San Pablo dice: “Vivan como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas” (Cfr. Ef 5, 8 – 14).

La fe exige del cristiano una nítida transparencia de su vida. Hoy hay que dejar las actitudes hipócritas, recelosas o diplomáticas, que sofocan la franqueza de quien sigue a cabalidad a Cristo y enseña proféticamente su mensaje. El cristiano vive en la fidelidad a Cristo que lo ha llamado a enmarcar su existencia en la bondad, la justicia y la verdad. Que nuestra vida permita ver a otros la presencia de Dios. Es un reto grande y un compromiso concreto de fe.

Señor, gracias por mirarnos con amor; limpia nuestros ojos para que te veamos en el misterio de la Eucaristía y los demás sacramentos; que te descubramos en los hermanos y hermanas, y que seamos reflejos de tu bondad para los demás que también necesitan verte a ti.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.  

 

 

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