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Una caminata por la paz: un peregrinaje por la vida

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ETHELBENT4En estos días, mientras la humanidad parece retroceder en su idea generalizada de la paz, un grupo de perseverantes monjes budistas caminan desde un templo en Fort Worth, Texas, rumbo a Washington, D.C. Es una travesía de 3.700 kilómetros, del Suroeste al Este; en una larga marcha por la paz.

A su paso, muchos ciudadanos les salen al encuentro para saludarlos, intercambiar flores, ofrecen frutas y regalan abrazos a esa fila naranja que avanza como una señal viva de lo que tantos anhelamos: una paz que no sea una consigna sino una vivencia.

Vivimos en una época en la que la paz parece más un premio que se otorga: la paz de los grandes foros, la paz convertida en discurso y protocolo. Una paz mediática que raramente una la ve en las calles. A cambio, se celebran cumbres y se organizan ‘juntanzas’ de países para reconfigurar alianzas diseñando nuevos órdenes mundiales con poder de decidir donde debe haber paz y donde el mundo debe seguir ardiendo.

Palestina, Siria, Sudán, el Congo y otros territorios en crisis humanitarias debido a las tensiones permanentes demuestran que los conflictos no solo se repiten, sino que se profundizan. Y entonces nace las preguntas incómodas: ¿esta es una paz administrada? ¿La paz es simplemente estar en contra de la guerra y los genocidios?

¿De qué hablamos cuando hablamos de paz? ¿Es la paz la simple ausencia de violencia y asesinatos? Si fuera así, bastaría con no matarnos. Pero sabemos que hay violencias que no aparecen en estadísticas: la violencia política, el bullyn cibernético, la intimidación y el matoneo, la corrupción que roba futuro, la desigualdad que enferma.

¿De quién es la responsabilidad cuando la paz no existe: ¿de los gobiernos, de los ejércitos, de los políticos, de los medios, de la historia, de todos? ¿Quién lidera la paz en una comunidad o en un barrio? ¿Quién la cuida en una familia? ¿Quién llama a la paz cuando un resentimiento ya se volvió herencia?

Al igual que el resto del mundo, San Andrés, Providencia y Santa Catalina están viviendo una etapa violenta. Lo dicen los hechos, lo dicen las cifras, lo sienten las familias y la comunidad. A finales de 2025 el diario El Isleño reportó 42 homicidios, una cifra estremecedora para un territorio tan pequeño. Paralelo a esto, los medios nacionales han registrado el repunte de los homicidios y la sensación de inseguridad que se vive a plena luz del día en nuestro otrora paraíso terrenal.

Pero, ¿Por qué se están matando en las islas? Hay quienes señalan una raíz que se quiere ignorar: el vínculo entre la violencia interpersonal y las economías ilegales. Disputas que ocurren en las calles, esquinas y bailes donde las fronteras invisibles saltan a la vista como anuncios luminosos en 27km2 donde los jóvenes crecen aprendiendo que ciertas lealtades se pagan y que ciertos pleitos se heredan.

Mientras tanto, las madres lloran, la sociedad siente miedo, algunos políticos aprovechan el clima para hacer propaganda, los medios a veces pasan de largo o se quedan en la superficie. Las autoridades parecen permisivas y cansadas, como si el archipiélago estuviera condenado a acostumbrarse y a normalizar las violencias.

Por eso esta columna nace como propuesta, pero también como pregunta colectiva: ¿y si intentamos una caminata por la paz de nuestras islas? ¿Y si, en lugar de marchas que solo reaccionan contra alguien o contra algo, nos damos el derecho de peregrinar por la paz, la reconciliación y la tranquilidad de nuestros corazones?

No sería una caminata partidista. Tampoco sería un evento para la foto. Es un peregrinaje comunitario, donde quepan todos lo que quieran hacer la paz: madres en duelo, jóvenes en conflicto, iglesias, escuelas, juntas de acción comunal, artistas, deportistas, tenderos, pescadores, periodistas, líderes sociales, funcionarios, políticos, jóvenes que quieran una mejor vida, familias que ya no quieran entierros, abuelos que aún recuerdan tiempos mejores.

Me la imagino así: salimos y recorremos juntos North End o el centro, subimos Slave Hill actualmente conocido como Loma Bolivariano y llegamos hasta el Barrack para bajar por Little Hill y seguimos hasta el Gough o San Luis, para cerrar en Ginnie Bay con un gran concierto por la paz. Durante el camino, en vez de gritar consignas entregamos gestos: flores de papel maché, abrazos, poemas y frases en hojitas dobladas. Detalles que no resolverán nuestros problemas ni conflictos, pero si pueden romper la cadena de miedo y la costumbre de la violencia.

Esta caminata tal vez no detendrá las balas. Tampoco reemplazará la justicia, ni la política pública, ni el trabajo serio para recuperar oportunidades para los jóvenes. Pero si puede hacer algo fundamental: desarmar el alma, hacernos bajar la guardia, despojarnos de los guantes, volver a mirarnos a los ojos. Para que los barrios dejen de ser fronteras y vuelvan a ser vecindades. Para que la comunidad vuelva a sentirse comunidad.

Yo quiero eso para mis islas. Que sea un acuerdo mínimo. Si un país entero puede mirar a unos monjes caminar 3.700 kilómetros y sentir algo parecido a la esperanza, ¿por qué nosotros en un territorio pequeño, íntimo, hermoso, no podríamos caminar juntos para recordar quiénes somos y qué isla queremos ser?

La paz no es solo el destino: también es el camino. Caminemos por la paz.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

Última actualización ( Domingo, 01 de Febrero de 2026 12:15 )  

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