¿Para qué experiencias no encontramos palabras? ¿Cómo apalabramos el malestar, las angustias, los miedos, lo cíclico de la vida y la muerte? En ocasiones solo precisamos de tiempo para tramitar y organizar, antes de decir lo que realmente nos pasa.
A medio decir puede estar nuestra experiencia con la vida, mientras el ruido que se ha alojado en el cuerpo se vuelve insostenible. Mientras quizá se tantea a la muerte como en una ruleta rusa, con el consumo de drogas, alcohol, con gestos de no cuidado. El deseo de morir se va volviendo consistente cuando faltan espacios en los que tiene lugar la palabra.
¿En qué momento el mal-decir se va haciendo un bien-decir? Cuando los espacios ofrecen confianza y no buscan persuadir o juzgar al otro para que no hable de la muerte, que es la experiencia que más aspavienta incluso a psicoterapeutas experimentados.
¿Qué encierra el mal-decir? Enojo, rabia, miedo, desolación, confusión.
¿Cómo construir un deseo de vivir consistente? En medio del silencio, de la hambruna, de la mezquindad. Un día a la vez… la tensión entre la pulsión de vida y de muerte se inclina más hacia las formas de cuidado; sin darnos cuenta, va emergiendo un relacionamiento distinto con la espera, fantaseamos que todo puede cambiar.
En vivencias como la violencia sexual, el desplazamiento forzado o la migración, podrían transcurrir años hasta que una persona comience a encontrar las palabras, antes de que enuncie: “ahora sí quiero hablar y contar”.
La fantasía, quizá gravemente comprometida, deja a la persona desprovista, no ve atisbos de paz, le cuesta captar la añoranza. Subrayo acá que apalabrar no obedece exclusivamente al relato hablado o escrito, sino a todas las formas simbólicas en las que un ser humano puede digerir un acontecimiento que causa sufrimiento o tramitar un relato interno que jalona hacia la destrucción.
La vida no se sostiene sola, por así decirlo; se precisa reconocer su complejidad, así como los factores sociales, culturales, históricos, biológicos, etcétera.
¿Cuál es el concepto para sostener la vida que prevalece en este tiempo? Hay políticas en las que no priman la vida y sus formas. Si vemos a nuestro alrededor, ¿qué maneras de autodestrucción reconocemos? Hay montones, así como montones de discursos que responsabilizan al ser humano de no sostener la vida por sí solo. ¡Qué desgracia imponer en el otro la responsabilidad única de vivir!
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.






















