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Bluefields 1976

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Los recuerdos de mi niñez en Bluefields son de un lugar especialmente violento. Antes de cumplir los diez años tenía registrado en mi memoria al menos un asesinato-suicidio, un par de muertes a cuchilladas, y alguna que otra balacera en la vía pública. Y todo esto en el Barrio Central, sin aventurarme muy lejos en la ciudad.

Ocasionalmente, las ciudades-puerto como Bluefields suelen ser lugares idealizados en narrativas literarias, pero esa imagen romántica puede opacar la parte perversa de sitios costeros e insulares cuyas rutas marítimas conectan a las personas a través de los océanos, quienes llevan consigo tanto sus buenos deseos como intrigas mal intencionadas. Aún en época de bonanza económica o quizá por esa misma razón, las regiones litorales parecen estar en constante ebullición, con sus habitantes residentes y aquellos en tránsito en una exasperada búsqueda de nuevas oportunidades, compitiendo por empleos precarios, una faena de pesca exitosa, cerrar un negocio, o realizar un amorío furtivo.

Bluefields en los años 1970 epitomizaba este escenario de la habitual vida litoral en la que cada día podía convertirse en hazaña o infortunio.

Complicando más esa cotidianidad caribeña, Bluefieds era históricamente conocida por ser un sitio privilegiado de circulación de ideas rebeldes y conspiraciones políticas. En 1925 el general George Montgomery Hodgson May, nacido en la isla de San Andrés en 1884, había encabezado un levantamiento insurgente liberal acompañado de veinte valientes. Su acción marcó un precedente histórico al visibilizar las demandas de las comunidades Creole y Raizales, convirtiéndose en un símbolo de resistencia y precursor de la autonomía regional en Nicaragua. Asimismo, en los años 1930 el diputado Horatio Hodgson había escrito el “memorial de agravios” para denunciar los abusos cometidos por los gobiernos de Managua en contra de la población Creole e Indígena costeña tras la anexión de la Moskitia en 1894.

Menos conocidas eran las conspiraciones políticas, especialmente aquellas que involucraban a gobiernos extranjeros. A inicios del siglo XIX Bluefields era sede de al menos tres representaciones diplomáticas consulares, entre ellas la de Colombia. Y las razones de la presencia consular colombiana en la región Caribe de Nicaragua en forma más o menos continua durante el siglo XX es importante destacarla.

Un tratado histórico 

El Tratado Bárcenas-Esguerra, firmado en 1928 y ratificado en 1930, puso fin a la disputa territorial entre Nicaragua y Colombia sobre el Archipiélago de San Andrés y Providencia y la Mosquitia nicaragüense. Con este acuerdo, Nicaragua reconoció la soberanía de Colombia sobre las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, mientras que Colombia reconoció la soberanía de Nicaragua sobre la Costa de Mosquitos al occidente del meridiano 82. La importancia de aquel tratado radica en que definió fronteras marítimas y territoriales en el Caribe, aunque décadas después seguiría siendo objeto de controversia y litigios internacionales entre ambos países.

La representación consular de Colombia en el caribe nicaragüense era vital tanto para cultivar los vínculos con la población Creole y Raizal en la región transfronteriza insular-costera, como para brindar a Bogotá un mejor entendimiento sobre Nicaragua que en ese período enfrentaba tensiones políticas internas bajo la dictadura de Anastasio Somoza Debayle (1974-1979). San Andrés, además había sido declarado en 1953 zona de Puerto Libre con lo que se abrían oportunidades de comercio –legal e ilegal– con la región insular colombiana.

Por estas razones, el cónsul de Colombia en Bluefields solía ser una persona bien informada e influyente. Este era el caso de Samuel Benavente, quien fungió como cónsul de Colombia en Bluefields a mediados de los 1970. Además de atender a la numerosa población de sanandresanos que residían y comerciaban en la zona en virtud del Tratado Esguerra-Bárcenas, Benavente abogaba por los intereses de las empresas bananeras americanas ante las autoridades nicaragüenses.

Su activismo interesado no pasaba desapercibido dentro de los círculos políticos locales. Especialmente de personas como Juan Santamaria Taylor, un virtuoso de la escritura y de la opinión política, y una figura política liberal prominente en la Costa Caribe de Nicaragua, quien se desempeñó como gobernador del departamento de Zelaya entre 1964-1968, y posteriormente como alcalde de la ciudad de Bluefields, entre 1968-1972.

Benavente ya había tenido suficiente de las críticas que Santamaría Taylor publicaba en el semanario liberal El Debate, del cual era su director. El cónsul Benavente, según Santamaría Taylor, aceptaba gustosamente sobornos de las empresas gringas, fomentaba el contrabando de whiskey con la zona de puerto libre en San Andrés, y se urdía con políticos conservadores para conspirar contra el general Somoza. Es posible que Benavente temiera que las críticas públicas sobre sus aparentes andares sinuosos podrían resonar en Bogotá y resultar en su eventual destitución.

Los destinos de Benavente y Santamaria Taylor acabarían unidos por un crimen que estremeció Bluefields. Y de paso, alcanzarme a mí, en mi niñez, con uno de los primeros registros de violencia política que conservo en mi memoria.

Un antagonismo inconciliable

El 31 de marzo 1976, Benavente despertó con la determinación de poner fin a aquella querella personal. Santamaria Taylor, ya retirado de sus funciones públicas, solía sentarse por la tarde a leer el oficialista Diario Novedades en una silla mecedora en el amplio corredor de su casa ubicada en la intersección de la avenida Aberdeen y la calle Patterson en el Barrio Central, mientras su esposa Berta despachaba en la farmacia, un pequeño negocio que ambos administraban.

A menos de cien metros de allí, sobre la misma calle Patterson, a tempranas horas de la tarde Benavente ya se había tomado cuatro tragos de Flor de Caña en la cantina de Borthie Smith. Esa calle de amargura era especialmente célebre por su vida nocturna y ambiente parrandero: allí se encontraban, a renglón seguido, El Zaire, El Monimbó, el 007 Savoy, y la Cantina de Vilma Rojas, ya concurridos al atardecer.

Benavente, de baja estatura, calvicie prematura y vestido con camisa guayabera, daba pequeños sorbos a su copa de ron, mientras observaba ocasionalmente a Santamaria Taylor, quien disfrutaba apaciblemente de la brisa, distraído en su lectura como lo hacía todas las tardes. En aquel segundo Benavente decidió encaminarse a paso seguro hacia el corredor de la casona y enfrentar por última vez a Santamaria Taylor. Al dar su último trago, y con escaso disimulo, se aseguró de tener el revólver bien empuñado bajo la guayabera.

Desde la casa de mis padres, en la calle Aberdeen, me bastó escuchar los disparos y el alboroto que siguió para que, en menos de un minuto, corriera hasta la casa esquinera de los Santamaría. Me aferré con ambas manos a las verandas de madera, desde donde alcancé a ver dos cuerpos tendidos, casi rozándose. El revolver estaba aún a la vista, junto a uno de los cuerpos. A mis pies, una franja de sangre avanzaba lentamente sobre el piso de concreto, sólida y oscura. A mí alrededor, se mezclaban llantos, gritos y las órdenes secas de la policía que comenzaba a desalojar a los curiosos.

Sin mediar palabras, Benavente le había disparado al rostro a Santamaría y segundos después dirigió el revolver contra sí mismo.

Durante los días siguientes un grupo de personas llegaron a las oficinas del consulado de Colombia a protestar en contra de la representación diplomática: “San Andrés, Roncador y Quitasueños, Nicaragua es su dueño”, era la consigna que repetían. En 2012 la Corte Internacional de Justicia confirmó que San Andrés, Roncador y Quitasueños son indiscutiblemente soberanía colombiana.

Sin embargo, muy lejos de aquellas disputas marítimas, las casas y esquinas de Aberdeen y Patterson en Bluefields guardan silenciosamente aquella historia de un crimen, como testigos mudos de un episodio que transformó la memoria urbana de Bluefields. Aquel episodio me dejó, como una revelación temprana, la certeza de que política y violencia se trenzaban en la trama cotidiana del Caribe nicaragüense, extendiendo sus hilos hasta la región insular colombiana.

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Miguel Gonzalez PhD
Associate Professor
International Development Studies, Department of Social Science, York University
Ross Building South 764
https://www.yorku.ca/laps/sosc/ids/
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* El autor es originario de Bluefields (Nicaragua) y se desempeña como profesor asociado en el Departamento de Ciencias Sociales de York University, Canadá.

 

Última actualización ( Jueves, 18 de Diciembre de 2025 18:43 )  

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