Comenzamos hoy todos los que creemos en Dios y formamos parte de la Iglesia Católica un nuevo año litúrgico. Es algo así como ingresar a un grado superior de vida cristiana, que, aunque nos proponga los mismos misterios de la salvación vividos todos los años, nosotros no somos los mismos, hemos cambiado.
La historia no es la misma, tenemos que enfrentar nuevas situaciones, el mundo es otro. Por lo tanto, con una mayor madurez en la fe y en el compromiso, asumamos este nuevo año espiritual.
Por esta época del año aparecen situaciones muy propias; el ruido invade y la música asociada a la parranda sin control, nos distrae y nos roba la atención de lo esencial; se junta, además, la prisa, todos corren a finalizar labores, a visitar familiares, a cumplir compromisos represados a lo largo del año; y no se queda atrás el consumismo, es cuando más dinero se gasta, más del que se tiene, por cumplir exigencias que el mercado impone so pena de no haber tenido un fin de año a la altura.
Pero además del contexto de la época del fin de año, se junta la situación mundial en que siguen aflorando conflictos muy violentos, grandes grupos humanos que están migrando en busca de nuevas oportunidades, grandes desafíos por las dificultades acarreadas por desastres naturales, y en fin, un mundo que sigue su marcha en medio de grandes avances y de grandes obstáculos,
En este contexto, que ciertamente es adverso, comenzamos el recorrido con Jesús por los misterios de la salvación. Siempre el Evangelio encuentra un terreno agreste, contrario y hostil; pero es precisamente ahí donde tiene que ser proclamado, porque su objetivo es la conversión, la transformación radical de vida.
Un joven muy religioso le dijo un día al Maestro que había tenido que confesarse aquella misma mañana.
- "No puedo imaginarte cometiendo un pecado grave -dijo el Maestro-.
- ¿De qué te confesaste?".
- "De que el domingo no fui a misa por pereza; de que he maldecido a una persona que me molestó; de que he consumido droga, y de que he suspendido el curso entero porque no he dado golpe en todo el año".
- "¿Y has podido aguantar el curso entero sin dar golpe, y te confiesas ahora que ha acabado?, añadió el Maestro.
- "Es que si me confieso antes, tenía que ponerme a estudiar", le dijo, tan fresco, el joven.
El Adviento que comenzamos nos invita a trabajar desde ya por un mundo mejor. No podemos esperar que llegue el final de nuestra vida, estar en los últimos momentos para empezar una conversión seria. Estamos invitados a cultivar tres actitudes de adviento.
La primera lectura del profeta Isaías nos invita a cultivar y hacer florecer la esperanza activa. El profeta sueña con un mundo nuevo, sueño que encaja muy bien en estos momentos históricos que vivimos de grandes tensiones mundiales, y de conflictos muy agresivos. La Jerusalén es la imagen de la ciudad de Dios, de nuestro mundo que debe luchar hasta convertirse en la ciudad de la paz y de la justicia.
En su sueño visibiliza una Jerusalén sabia, que se atreva a hacer que “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 4). Esta opción por la paz y no por la guerra es, para el profeta, una opción divina no hay duda, pero también en el sentir de la humanidad no es difícil adivinar el deseo de rehacer esta "historia" que estamos viviendo.
Decimos que es una esperanza activa porque no basta soñar; el profeta, al utilizar la imagen de hacer de las espadas arados y de las lanzas podaderas, está invitando a hacer que los grandes avances tecnológicos que hoy tenemos no sean utilizados como armas de guerra, pues contradicen la inteligencia humana y la voluntad de Dios.
Entra aquí el apóstol san Pablo a proponernos una segunda actitud: la conversión esencial. Para que el mundo entero sea la ciudad de Dios, no es suficiente soñar ni hacer algunos arreglos como cuando se pinta la casa dándole una apariencia de casa nueva; tampoco se trata de un cambio aparente o por responder a una situación momentánea de la vida. Dice el Apóstol: “Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revístanse más bien del Señor Jesucristo” (Rom 13, 13).
La conversión esencial es una cambio profundo y total en la vida en el que Cristo es puesto como centro de todo. Revestirse del Señor Jesús es llenar nuestra interioridad de la vida del Señor Jesús. Salir del sin sentido en que vivimos la historia para llevar una vida más radicalmente cristiana. En definitiva, se trata de cambiar de rumbo en la existencia. Fue Cristo Jesús, en esa experiencia de interioridad, quien cambió una vida sin sentido.
Por eso el Adviento no mira sólo al futuro, sino también al presente: Cristo viene ahora, en medio de la historia, en lo pequeño y cotidiano. Este tiempo es una llamada a la conversión, a recomenzar, porque siempre es posible recomenzar para el ser humano.
La tercera actitud es la vigilancia constante. Debemos tener los ojos abiertos a todo lo que sucede alrededor, y vivir en discernimiento constante; quien está vigilante está haciendo un juicio sobre sus propias acciones. Jesús nos advierte de la vigilancia: “Por tanto, estén en vela, porque no saben qué día vendrá su Señor. Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre” (Mt 24, 43s).
Creo Señor que vas a venir a construir un mundo más justo y humano, pero aumenta nuestra fe para cultivar una esperanza activa, una conversión esencial y una vigilancia constante.





















