
En esta isla donde el mar murmura en creole y las palmeras se mecen al compás del calypso, dos almas se encontraron en la melodía: Bill Newball y Marie Abrahams. Su historia trasciende la de una pareja; es el relato de un dúo que convirtió la música en lenguaje de identidad y afecto.
Desde sus primeros acordes en San Andrés, su presencia encarnó una cultura autóctona propia, una tradición que se resiste al olvido. En sus manos, los instrumentos no eran objetos: eran prolongaciones del alma isleña.
La trayectoria de Bill y Marie fue una sinfonía de vocación. Bill Newball, violinista autodidacta oriundo de Providencia, se destacó como uno de los directores de banda más respetados del archipiélago. Además, fue docente, carpintero, constructor de barcos y navegante.
Marie Abrahams, nacida en Bocas del Toro, Panamá, fue una pianista excelsa con vocación de educadora. Compañera de vida y escenario, su arte no solo interpretaba: evocaba la memoria colectiva y enseñaba a los jóvenes a reconocerse en sus raíces. Ambos fueron reconocidos como los primeros músicos célebres de la isla.
Una dinastía musical
La familia Newball-Abrahams es una constelación de talento. Hazel Robinson, hija de Marie, es escritora; su hermano Marcos Newball, arreglista y director de bandas de viento, fue considerado uno de los más influyentes del país. Willy Newball, el menor, dirigió por lustros la banda de Jimmy Salcedo. Otros miembros destacados fueron Mario, Víctor, Guillermo y Lloyd, nieto de la pareja. Esta genealogía artística no es casual: nació en un hogar donde el arte era alimento cotidiano, donde la música no se enseñaba, se respiraba. Marie fue el corazón emocional de esta dinastía, tejiendo melodías que hablaban de amor, resistencia y esperanza.
En San Andrés, donde la identidad raizal ha enfrentado amenazas históricas, la obra de Bill y Marie se erigió como bastión cultural. Su música no solo entretenía: educaba, empoderaba, evocaba. Cada presentación era una afirmación: “Somos Caribe, somos raíz, somos voz”. Gracias a ellos, el calypso no se desvaneció: se transformó en símbolo de dignidad y resistencia.
Artistas como Luis O’Neill, Bill Francis, William Britton y Creole Group, junto a nuevas generaciones como Daner Martínez, Wesley Venner, Obert Pomare y muchas otras voces que vienen surgiendo actualmente, han recogido esa antorcha, llevando el sonido ancestral a nuevos horizontes.
Bill and Marie: un festival que canta la historia
Hablar de su impacto es evocar el Festival de la Canción Bill and Marie, homenaje vivo a su obra. Fundado en 1979 por Samuel Robinson y Kent Francis, con el apoyo de Adela Haydar de Taylor y miembros del Interact Club presidido por Gustavo Hooker, nació para preservar la sonoridad caribeña y activar el talento musical local. Desde sus inicios, atrajo a jóvenes de San Andrés y Providencia, con un público fervoroso que llenaba cada gala.
Más adelante el festival se enfocó en salvaguardar el legado del calypso e impulsar a los calypsonians a crear nuevas composiciones. Más que un concurso, se convirtió en rito de iniciación, en ceremonia donde la música se hereda. Cada edición es una ofrenda, una forma de decirles a Bill y Marie que siguen presentes en cada verso, en cada canción que late con el orgullo isleño.
El Festival Bill and Marie celebra la música autóctona del archipiélago, reuniendo los sonidos tradicionales de las islas. Su propósito es descubrir y promover nuevos artistas que mantengan vivas las raíces musicales, interpretando en los ritmos característicos de la región.
Eternos como el mar
Aunque Bill y Marie ya no están físicamente, su música sigue flotando en el aire salino de la isla. Juntos construyeron más que canciones: forjaron una identidad. Y si alguna vez el mar se queda sin olas, bastará con interpretar una melodía suya para que vuelva a rugir. Porque hay amores que no mueren, notas que no se apagan, y músicos que se convierten en leyenda.






















