
Este 15 de abril, en el auditorio del Banco de la República, asistí a lo que podría describirse como un culto inesperado. La ocasión no era otra que la presentación del más reciente libro de Emiliana Bernard, actual embajadora de Colombia en Jamaica. El título es en sí una proclama: Mujeres todas: Pensando profundo, hablando en voz alta (Women’s all: Thinking profoundly, talking loudly).
El acto tuvo la belleza de lo simple y lo contundente: dos cantoras, una guitarra, una poeta y un público que parecía dispuesto a dejarse transformar. No era un evento solemne en exceso, sino una ceremonia cargada de intimidad, de esas que no se planean así, pero terminan trascendiendo. Cada poema leído tenía la fuerza de una revelación. Sentí, casi sin pensarlo, la necesidad de levantar las manos y responder con un “Amén”. Había en el aire una mística compartida, una especie de sacralidad que no venía de la religión, sino de la comunión entre experiencias femeninas diversas, atravesadas por historias y cicatrices que se reconocían unas en otras.
En el evento, mientras sonaban los acordes de ‘Redemption Song’, la audiencia entera se transformó. Lo que era una canción se convirtió en arrullo, y cada asistente parecía recitar en silencio su propia versión de un poema personal. No había interés en analizar métricas o sintaxis; lo que emergía eran testimonios. Algunas mujeres, con voz entrecortada, compartieron promesas rotas y esperanzas recobradas gracias a las páginas del libro. Otras hablaban de la inspiración que les devolvía la lectura. El ambiente tenía algo de confesión colectiva, una especie de liturgia laica en la que todas se sabían parte de un mismo relato.
Testimonio útil, necesario
El libro mismo es un objeto significativo. Escrito en inglés, español y creole, refleja no sólo la diversidad lingüística de la autora, sino la intención de abrir caminos de lectura para distintos públicos. Está pensado tanto para niñas que apenas empiezan a preguntarse por el mundo, como para mujeres mayores que han acumulado historias y luchas. Sus versos son cortos, pero sus ideas atraviesan con profundidad. La edición tiene la particularidad de ser ligera, pequeña, de bolsillo; sin embargo, su contenido es vasto, al punto que merecería estar en las escuelas, en las bibliotecas públicas y en las mesas familiares. Es un libro que cabe en una cartera, pero también en el corazón colectivo de una comunidad que busca reconocerse.
El mensaje que Emiliana propone no pretende dar instrucciones de vida ni convertirse en receta de autoayuda. Más bien, está tejido desde la vulnerabilidad y la honestidad de quien se reconoce falible. Esa cualidad hace que el texto se convierta en espejo: quien lo lee se encuentra en otra, en una mujer que, a pesar de los logros alcanzados, se muestra humana, frágil, pero al mismo tiempo, poderosa en su capacidad de decir en voz alta lo que tantas callan.
Por eso no exagero al afirmar que me he afiliado a este culto. Es un feminismo cotidiano, sencillo, sin grandilocuencias, que se instala en lo más básico de la vida: la palabra compartida, el canto colectivo, la certeza de no estar sola. No es un manifiesto escrito en mayúsculas, sino un murmullo insistente que recuerda a cada mujer que su historia también importa.
Amén, hermana.



















