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Lo incómodo de emanciparse

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Edna Rueda AbrahamsEmancipar es un verbo que no admite imposiciones ajenas. No se puede usar como si fuera un regalo que otro me concede. No vale un “yo te emancipo”; la frase suena hueca, amputada de sentido. Emanciparse sólo tiene fuerza cuando nace del propio impulso: “yo me emancipo”, “yo me emancipé”. Es un verbo que requiere que la voluntad brote del que se siente atado.

En el sentido jurídico, emancipar alude a liberarse de un sometimiento formal: la abolición de la esclavitud, la mayoría de edad legal, la capacidad de obrar por sí mismo. Pero en el sentido íntimo, emanciparse es un acto más hondo, como desatar nudos invisibles que uno mismo ha permitido que se aprieten.

Hoy, cuando la esclavitud no es ya una práctica visible, me pregunto: ¿de qué tendría que emanciparme yo? Porque no basta con señalar la cadena física para romperla; hay sogas más cómodas, suaves al tacto, que se disfrazan de cuidado y protección. Me aferro a costumbres que me ahorran pensar, a voces ajenas que me dictan qué es correcto. Y sé que, si las suelto, si me atrevo a cortar el cordón que me ata a las certezas impuestas, entonces me quedaré sola frente al espejo de mi propia voluntad.

Quien se emancipa asume la carga entera de su libertad. Ya no habrá otro que me diga qué debo hacer, ni a quién culpar si me equivoco. Y es que hay algo de comodidad en la obediencia: uno no decide, no se arriesga, no se equivoca… pero tampoco vive plenamente. Y es ahí donde la pregunta se vuelve áspera: ¿quiero de verdad emanciparse si eso significa que cada acierto y cada error llevarán mi nombre?

El mito de la caverna de Platón me aparece en la mente: Los prisioneros, encadenados, solo conocen las sombras que otros proyectan. Creen que eso es toda la realidad. Cuando uno de ellos se libera y sale, la luz le hiere los ojos. Necesita tiempo para distinguir las formas verdaderas. Comprende que todo lo que creía cierto no era más que una ilusión. Y aunque podría quedarse afuera, con la verdad que ahora conoce, decide volver a contarla, aun sabiendo que será incomprendido. Emanciparse es así: una mezcla de deslumbramiento y vértigo, de ganas de gritar y miedo de que nadie quiera escuchar.

Hoy, en esta semana que celebra la emancipación colectiva, pienso en la mía personal. No me basta con colgar banderas ni asistir a ceremonias. Debo sentarme conmigo misma y hacer una lista: ¿cuáles son mis ataduras actuales? ¿qué hábitos, personas, ideas, me retienen en la penumbra? ¿estoy preparada para hacerme adulta de verdad, en pleno uso de mi ciudadanía? Porque emanciparse no es sólo cambiar de amo; es dejar de necesitar uno.

¿Y si la verdadera emancipación es aceptar que la libertad no es un regalo? que es más bien un trabajo diario. Que no basta con abrir la puerta, hay que atravesarla.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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