
Cuando el archipiélago aún era un eco lejano en los oídos del poder central y la voz insular apenas lograba abrirse paso entre los vientos del olvido, un hombre decidió alzar su voz, plasmando sus ideas con tinta y en papel: Francis Newball Hooker.
Él no solo fundó un periódico: encendió una antorcha desde los territorios de ultramar del Caribe colombiano. The Searchlight, publicado en 1912, fue el primer semanario bilingüe de San Andrés y Providencia; un acto de resistencia, una plataforma para exigir dignidad, autonomía y reconocimiento para un pueblo que se sabe distinto y merecedor de ser escuchado.
Un isleño entre dos mundos
Newball Hooker nació el 26 de octubre de 1880 en Providencia, cuando el archipiélago aún era un cantón remoto del Estado Soberano de Bolívar, en los días en que Colombia se llamaba Estados Unidos de Colombia. Desde joven, supo que su destino no era el silencio. Estudió en Cartagena, donde se formó como abogado—uno de los primeros raizales en lograrlo—y desde allí empezó a trazar un puente entre el Caribe insular y el continente, entre la identidad isleña y las estructuras del poder nacional.
Su paso por la Asamblea Departamental de Bolívar entre 1906 y 1910 fue todo menos decorativo: denunció con firmeza el abandono sistemático de las islas, enfrentándose a diputados continentales que veían al archipiélago como una nota al pie. Aquellos debates no solo lo curtieron como político, sino que lo convencieron de que la palabra escrita podía ser aún más poderosa que la oratoria parlamentaria.
La palabra como trinchera
En 1912, mientras el país miraba hacia el interior y el archipiélago seguía siendo un punto remoto en los mapas del poder, Francis Newball encendió una luz que aún no se apaga. The Searchlight no fue solo un periódico: fue un acto de afirmación cultural, una barricada de papel desde donde se exigía respeto, inversión y autonomía. Cada edición, escrita en inglés y español, era un manifiesto que denunciaba el abandono, proponía soluciones y tejía identidad. Desde sus páginas se gestó una campaña incansable que culminó, ese mismo año, con la creación de la Intendencia de San Andrés y Providencia: un hito político que devolvía a las islas un lugar en la conversación nacional.
El semanario, nacido un primero de febrero, no solo marcó el inicio del periodismo en el archipiélago, sino que se convirtió en el espejo donde los isleños podían reconocerse y proyectarse. Era, en esencia, un faro: uno que no solo iluminaba, sino que guiaba.
El primer nativo en gobernar su tierra
En 1914, apenas dos años después de haber encendido The Searchlight, Francis A. Newball asumió un nuevo rol: el de intendente del archipiélago. Fue el segundo en ocupar el cargo, pero el primero nacido en estas islas de coral y viento. Su llegada al poder no fue casualidad, sino consecuencia directa de su lucha incansable por visibilizar las necesidades de su pueblo. Desde la Intendencia, impulsó la llegada de la Policía Nacional y promovió mejoras en infraestructura, seguridad y conectividad, sentando las bases de una administración más cercana a la realidad isleña.
Pero más allá de los decretos y las obras, su gestión fue un gesto de pertenencia: por primera vez, un isleño hablaba por los isleños desde el poder. Su liderazgo no solo transformó la relación entre el archipiélago y el centro, sino que sembró una semilla de dignidad que aún florece en la memoria colectiva.
Un apellido que se volvió geografía
El legado de Francis A. Newball no quedó atrapado en los archivos ni en las páginas amarillentas de The Searchlight. Su apellido se volvió brújula, calle, memoria viva. En San Andrés, la Avenida Newball se desarrolló junto a la bahía como una arteria que conecta el norte con el sur, pero también el pasado con el presente. No es solo una vía: es un mapa emocional de la isla. A lo largo de su recorrido se alzan instituciones clave como el Coral Palace, la Asamblea Departamental, la Cámara de Comercio, el comando de la Policía Nacional, el Sunrise Park, colegios como el Luis Amigó y el Instituto Técnico Industrial, el Sena, el Muelle de Cotton Cay, y una constelación de restaurantes, bares y hoteles que hacen de esta avenida un eje vital para la vida isleña.
Pero su huella va más allá del asfalto. El auditorio de Cajasai lleva su nombre, al igual que la Biblioteca Pública Departamental de la Casa de la Cultura, donde reposa parte de su archivo personal y su biblioteca, donados tras su fallecimiento. Allí, entre documentos y libros, aún se escucha el eco de su voz defendiendo la dignidad del pueblo insular.
Y como si la historia quisiera rendirle tributo en piedra, una estatua suya custodia la avenida que lleva su nombre. Aunque ha sido motivo de debate tanto por el lugar donde fue instalada como por el deterioro que presenta, su presencia sigue siendo símbolo de resistencia y orgullo.
Un homenaje que sigue brillando
En 1996, tres décadas después de su partida, la Gobernación del Archipiélago instituyó la medalla Francisco A. Newball, la más alta distinción que puede recibir una persona o institución en San Andrés. No es solo un reconocimiento: es una forma de mantener ardiendo la luz que él encendió con su pluma. Esta medalla honra a quienes, como él, han contribuido de manera excepcional al desarrollo cultural, social o ambiental del archipiélago.
Entre los galardonados figuran nombres que también han dejado huella: el grupo Creole, guardianes de la lengua y la música tradicional; el cantante urbano alternativo Heartan Lever (Jiggy Drama), puente entre generaciones; la periodista y escritora Sandra Howard Taylor, que también ofició como gobernadora; el pintor Eligio Corpus Suárez; la Corporación Ambiental Coralina; y una constelación de personalidades desde deportistas, escritores hasta líderes comunitarios que han hecho de su obra un acto de amor por las islas.
La medalla, entregada cada año en ceremonias cargadas de simbolismo, no solo celebra trayectorias: reafirma una identidad. Y en cada entrega, el nombre de Newball vuelve a sonar, no como un recuerdo lejano, sino como una presencia viva que sigue inspirando.
La luz que aún falta encender
En tiempos donde el ruido del oportunismo y la desmemoria amenaza con ahogar la voz del pueblo raizal, el legado de Francis A. Newball se alza como un espejo incómodo y necesario. Él no gobernó desde la comodidad del poder, sino desde la urgencia de la justicia. No buscó aplausos, sino soluciones. No se escudó en excusas, sino que convirtió la palabra en acción. Hoy, cuando San Andrés enfrenta momentos complicados, crisis de identidad, de gobernabilidad y de rumbo, sus enseñanzas no solo son vigentes: son urgentes.
Newball entendió que gobernar era escuchar, que legislar era representar, y que escribir era resistir. En una época sin redes sociales ni cámaras, logró movilizar a una comunidad entera con un semanario y una convicción. Hoy, con todos los medios al alcance, muchos líderes parecen haber olvidado que el poder no es un privilegio, sino una responsabilidad.
Mientras las islas lidian con el desarraigo, la sobreexplotación turística, la pérdida del idioma creole y la desconexión entre gobernantes y gobernados, la figura de Newball nos recuerda que sí es posible liderar con ética, con visión y con amor por la tierra. Su vida fue una brújula moral. Y quizás lo que más falta hoy no es infraestructura ni inversión, sino voluntad de mirar hacia atrás para corregir el rumbo hacia adelante.
Porque si algo nos enseñó Francis Newball Hooker es que el verdadero liderazgo no se hereda ni se improvisa: se construye con coherencia, con valentía y con una fe inquebrantable en el poder transformador de la palabra. Y esa, en San Andrés, sigue siendo la luz que aún falta encender.



















