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Esperando a Borges

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WEILDLER.GUERRAPara decirlo en sus propias palabras la vida y la obra de Borges siempre vuelven como la aurora y el ocaso. Dos libros recientes recuerdan la omnipresencia de su pensamiento: Borges and me, del profesor de literatura norteamericano Jay Parini, y Medio siglo con Borges, de Mario Vargas Llosa.

El primero describe un recorrido mágico en el que Parini le sirve de guía a Borges por las tierras altas escocesas en 1971 mientras que el escritor sudamericano le lleva, de forma paralela, a un gran recorrido por la literatura y las ideas occidentales sobre la poesía y el amor; el segundo libro es una colección de artículos, conferencias, reseñas y notas de más de medio siglo de lecturas sobre Borges recogidas por Vargas Llosa, para quien Borges fue “una fuente inagotable de placer intelectual”.

Conocer la obra de este autor argentino ha sido para muchos una especie de epifanía literaria que en nuestra juventud conllevó una revelación dramática en la forma de concebir y representar el mundo. Ello me hace evocar un episodio poco conocido de Borges y fue la propuesta que recibió hacia 1980 para dictar un curso de literatura en la Universidad de los Andes. Al saberlo algunos estudiantes pensábamos inscribirnos en dicho curso con desbordante entusiasmo. Es necesario recordar que el autor argentino había recibido el título de Doctor Honoris Causa de esa universidad en diciembre de 1963.

El cuento llamado Ulrica, tantas veces citado en nuestro país, había sido publicado en 1975. Este cuento es considerado singular, en parte porque Borges lo catalogaba como una de sus mejores creaciones, y en parte porque los críticos le consideran una narración explícita de amor escrita en la última etapa de su vida. Ulrica es una mujer noruega en la que concurren al mismo tiempo el oro y la suavidad. El otro personaje se llama Javier Otálora, quien al ser presentado a Ulrica afirma: “Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. Me preguntó de un modo pensativo: –¿Qué es ser colombiano? –No sé –le respondí–. Es un acto de fe. Como ser noruega –asintió”.

En esta frase Borges sitúa toda identidad nacional en el plano de una creencia basada en la confiada adherencia a una comunidad imaginada como lo es toda nación. Así lo ratifica Ulrica con respecto a nacer en Noruega.

Borges no llegó en la oportunidad esperada a la universidad y el sueño de tenerlo como profesor se disolvió como una trenza de arena. Moriría en Ginebra en 1986. La cara posterior de su lápida contiene una frase tomada por él de Volsunga, una saga noruega del siglo XIII, que dice “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”.

Ella representa la idea de un amor que aun estando en el mismo lecho no puede ser consumado. Es el mismo epígrafe del cuento Ulrica en el que su protagonista declara haber nacido en nuestro país. Esa fue la mejor vindicación a aquellos jóvenes colombianos que pacientemente le esperamos.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

 

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