Urgencia de unidad

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La impunidad es reina, además. El paraíso, aquel con el que soñaban los continentales, el que pinta la publicidad, del que habla el turista satisfecho, el que buscan los amoríos secretos, el que pregonan los colombianos, en general, parece ser en la actualidad una fantasía remota.

¿Cómo pudieron prosperar con tanta facilidad los crímenes, lo macabro, lo repudiable, y todas las pasiones desenfrenadas rechazadas abiertamente por tan cristiana comunidad? ¿Qué ha pasado para que una generación como la actual se haya convertido en más agresiva e intolerante? La juventud, a propósito, parece no tener otro horizonte que la derrota. Y la comunidad anda desvergonzadamente inerme frente a la corrupción.

Empero, la desdicha no ha caído de repente. Cada golpe ha venido acompañado de más golpes. De una manera u otra el progreso que prometieron el Puerto Libre y el Turismo, se quedó corto, cortísimo, en gran medida. Y es evidente, en lo fundamental, que la razón de ello es haber dejado de lado la aplicación del conocimiento local, en general, a dichas actividades económicas.

Hubo inversión, por supuesto (y la hubo en enormes cantidades), pero toda inversión económica corre el riesgo de fracasar si sólo tiene fines lucrativos y no sociales. Y, precisamente, es en lo social —en términos de cultura y educación, servicios públicos y cuidado del entorno natural— que San Andrés no ha evolucionado a la par de los beneficios que generaron a otros, ambas fórmulas de desarrollo implementadas.

Con el paso de los años la valentía expuesta por los movimientos raizales que buscaban la recuperación de lo propio, también resultó golpeada por los fuertes golpes del azar, en algunos casos, la corrupción, en otros, y por la tremenda realidad política nacional e institucional, como bien se sabe, que no incluye casi nunca a San Andrés en sus sueños de nación.

La sobrepoblación insensata (la mayor amenaza para el planeta entero, incluso) y la 'tugurización' de la isla (llámese desigualdad social), ponen de manifiesto el desacierto de las acciones oficiales que buscaban la hazaña de construir el paraíso. Más y más policías, más y más infantes de marina, tampoco han dado los resultados esperados. La lucha contra el narcotráfico, en particular, está evidentemente pérdida. Hoy se hacen visibles los caminos que se evitaron y las fallas de ayer se observan en el presente. Un presente tejido, forjado, a fuerza de errores inútiles.

La isla no puede seguir siendo un terreno para sembrar juventudes que luego han de caer en las garras de las mafias [de cualquier índole]. Vienen nuevos desafíos que diseñaran las inquietudes del Isleño contemporáneo. Desafíos, que se convertirán en retos inevitables para la sociedad completa, que debe asumir un papel relevante, dinámico, pues, de lo contrario, estará poniendo en juego la propia trascendencia.

Para ello se requiere de una educación afectuosa, no tanto memoriosa. Descubrir la oculta lección no aprendida durante el ruidoso viaje hasta aquí, es lo que queda por hacer. Alcanzar un alto grado de lucidez que permita recomponer las cosas. Una nueva formulación de la subjetividad, inclusive, para vivir en comunidad, sin que eso implique abandonar los usos, modales y hábitos de origen para hacer alarde de los venidos de fuera, sino escoger lo mejor de cada uno para introducirlos en las costumbres y maneras de todos.

Esto no puede ser un nido de víboras. Cómo es hoy. La restitución de la convivencia pacífica debe ir acompañada de un amplio debate sobre cómo fue posible que una sociedad multicultural que proclama valores como la tolerancia y la diversidad haya llegado a esto. Recomponer las cosas aparece entonces como un nuevo camino, fresco e ilusionante. Y con el aprendizaje adquirido las posibilidades de restaurar la convivencia pacífica suenan menos difíciles de ser aprovechadas debidamente.

Crecer en una sociedad que pueda amar a sus vecinos, a sus calles, a sus playas, al mar, a todo lo bello que le rodea; hacer que la esperanza no sea una larga espera; ver a los niños crecer y jugar en la arena y en sus aguas coloridas; participar en la tristeza y la alegría de los amigos, suena poco realista hoy pero no es algo imposible para una comunidad unida.

Sumativo "La manera más apropiada de manifestar el orgullo nacional es recalcando el trabajo inacabado que la nación tiene por delante": M. C. Naussbaum, del libro 'Emociones políticas'.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

Última actualización ( Sábado, 23 de Octubre de 2021 04:29 )