Cuando nos pican las ganas una llamada, un mensaje electrónico, un alarido desde la calle, cualquier forma de convocarnos es válida. Y, aun así, no siempre funciona. A veces compromisos previos, urgencias de última hora, un “malditasea” inevitable, se entrometen para torcerle el pescuezo al encuentro que andamos buscando para reiniciar la conversación interrumpida desde el último almuerzo, que pudo servirse hace meses, pero sigue humeante para nosotros. Cuando nos vemos, no hay manera de parar la lengua para recordar episodios del ayer, lo que está sucediendo hoy, lo que puede traer el mañana. Todo en medio de comentarios, risas, anécdotas muchas veces contadas y vueltas a contar de otra manera, con picante, con o sin algarabía, disfrutando el momento.
























