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El cielo se rompió en tres pedazos

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René Salazar ex agente de Policía estaba viendo televisión a la 1:40 de la madrugada de ese 16 de agosto; se encontraba desvelado y no sabía porque.  El día anterior había sido un día normal para él, por la tarde había estado mirando el cielo y no le gustó el color de las nubes.

“Esas nubes parecen decirme algo”, le comentó a su suegra y ella le respondió: “Las nubes no hablan” y René casi le susurró al oído: “Si, pero los hombres tenemos presentimientos y si yo fuera pescador y estuviera en alta mar me vendría hoy para tierra firme”.

El olor del café lo sacó de sus meditaciones, la prisa que la mujer le imprimía a los niños para que se arreglaran y fueran  a la iglesia, el sonido de los programas de la emisora La Voz de las Islas en creole lo devolvieron por completo a la realidad de la vida cotidiana.

Cuán lejos estaba René de que la madrugada de ese día el cielo se le rompiera en tres pedazos sacándolo de su cama como un cohete para volar la paredilla que separa a al patio de casa del aeropuerto con una agilidad que a sus años había perdido y que recuperaría esa madrugada como por arte de magia.

Al caer entre la maleza insipiente se puso de pie, con la velocidad que la magia del momento le daba, volvió a caer, se levantó y se paró y un grito desgarrador le salió del alma “¡Dios mío que paso aquí!”.

Recordó que siendo pelao y queriendo ser catcher de beisbol un faul-ball le pegó en la frente.  Esa tarde se había perdido en el tiempo, pero nunca olvidaría que quedó viendo rayos y centellas titilantes frente a él y una oscuridad dantesca y casi celestial como la que sus ojos ahora podían ver.

Sabía que el sonido del aterrizaje no había sido normal, su oído como el de toda su familia era superior al del cualquier controlador aéreo. René tenía razón, los aviones caen en su aterrizaje frente a su casa convirtiéndolo en un verdadero examinador de oído.

“Ese avión se estrelló no joda” y su casa se volvió una locura.

Comenzó a caminar hacia lo inesperado trataba de poner sus cinco sentidos en orden, un grito por aquí, un llanto más adelante, un lamento por la izquierda, un me muero  a la derecha… lo tenían aturdido.

La cara de la mujer apareció ante él, con todo el espanto que nunca había visto en un ser humano. La señora con un llanto que solo una madre expresa gritaba: “Dios mío mis hijos, ayúdenme a buscarlos”.

René pensó que la señora solo le hablaba a él, pero el esposo de la señora venía detrás de ella con el bebe de once meses entre sus brazos y un bombero venia cargando los otros dos.

Los niños se habían quedado esparcidos en la pista con muy pocos rasguños y con la presencia de Dios para siempre en sus vidas.  Eran protagonistas de un milagro.

En un momento, el hombre le entregó el niño… que lo miraba atentamente y luego fija su mirada ya lúcida en los padres le entrega con mucho cuidado el niño a la mamá. Se ladea unos pasos del grupo abre los brazos, mira hacia arriba y lanza una exclamación de negro creyente: le grita a el cielo “Dios mío, esto es un milagro”.

Aparecen dos agentes de la policía estos habían llegado primero que René y al percatarse de la llegada del bombero ya estaban listos para la evacuación, se llevaron a la familia en una patrulla.

El los mira alejarse. Esa mañana su vida había cambiado, parte de su existencia ya no sería la misma, se juró ser mejor en todo; Dios lo había puesto de testigo de un milagro.

Rene siguió avanzando sudoroso, ayudando, dando voz de aliento, no se siente agotado para nada, hoy más que nunca sabe que le está sirviendo al prójimo y eso lo pone contento.

Se encuentra en el camino con una mujer menudita es una azafata, pasa frente a él ayudando a un hombre de apariencia extranjera con una gran herida en la frente, parece alemán eso es lo de menos piensa él.

La mujer comienza a tambalearse, Rene acude en su ayuda, el extranjero se sostiene en pie, en ese momento llega una persona con uniforme;  el no sabe distinguir si es de la cruz roja o de la defensa civil, la semioscuridad se lo impide.

La azafata se desmaya Rene ayuda a que la monten en una ambulancia va pálida, quizá nunca más la vuelva a ver… eso es lo de menos, vuelve a pensar él.

René se reincorpora a los cuerpos de evacuación, con toda la experiencia de sus años de policía, en medio de la agitación creciente, pero prodigiosamente organizada. Se encuentra con el gobernador y le dice “doctor Pedro esto es un milagro y este le responde “lo sé René”.

Posdata: Eduardo Salgado, Lanzen Wright, la mujer de las  tablas que se convirtieron en camillas, la del policía Melgarejo y su acompañante: los primeros en percatarse de la caída del avión… ellos y muchos más conforman un regimiento de héroes anónimos. ¡Gracias René!

Última actualización ( Sábado, 21 de Agosto de 2010 14:41 )  

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