No sólo de la pesca y de la malacología (disciplina que estudia los moluscos) podrán vivir los Insulares y tampoco debemos alimentar esta monolítica mentalidad…
Tercero, no me agradan los dictadores, ni los que lo son de hecho, ni los que pretenden serlo, en potencia, sin saberlo a veces. Una dictadura es lo diametralmente opuesto a una democracia que, por ahora, de todas las formas de gobierno que conocemos, es la menos nociva. El dictador, como cualquier demagogo que se respete, ya sea de izquierda o derecha, es un manipulador--y los manipuladores son peligrosos; los extremos siempre son perniciosos. Normalmente, la relación del dictador con “su pueblo” es en el tenor de dependencia, abuso, y no de efectiva libertad.
Rafael Chaves fue un dictador; su sucesor, Nicolás Maduro, seguirá sus pasos. Los dictadores vegetan con placer en medio de la ignorancia y, así, la educación del pueblo no les conviene— ¿Cuál es, por su misma naturaleza, el tipo de gobierno de los países desarrollados? Los dictadores, por ende, no entienden la ideología humanista, la ideología que trasciende “el pan nuestro de cada día”, que va siempre más allá de la mirada hacia abajo, hacia el grano; no pueden entender la filosofía humanista, puesto que está por encima de sus cabezas y naturalezas, y decididamente por encima de sus intereses políticos—sin importar su facción; no creen en la inherente dignidad de cada individuo; creen en dar órdenes y en controlar la vida y muerte de “su pueblo;” por la necesidad de sobrevivir en la oscuridad son paranoicos y arrogantes, en toda la extensión y sentido del vocablo, cuando no crueles; son fundamentalmente nepotistas y, como tales, acumulan fama (aunque ésta sea, por sí misma, pírrica y negativa por su falta de apalancamiento verdaderamente social), status, y riqueza sólo para los suyos y su cerrado círculo de sicofantes; aprehenden el poder en el sentido monárquico, es decir, la idea es que sus hijos e hijas, y las generaciones de éstos, hereden vitaliciamente la monarquía dictatorial de hecho; no creen en la noción de derecho, por mucho que sus labios lo repitan, porque se creen poseedores de la verdad en el grado más alto.
De los dictadores puros, tenemos muchos ejemplos; la historia ha elaborado muchas páginas sobre sus vidas. De los que quisieran ser dictadores, todavía hay más. Afortunadamente, hay muchos más todavía de los que creemos en una verdadera bandera democrática, en donde prime la libertad, la autonomía y la sana interdependencia.
Pues sí, Rafa, ¿Cuál es el mensaje que entregamos a los Insulares, grandes y pequeños, ricos, pobres y del montón, cuando nuestra prioridad es construir, “Nuevas Esperanzas” (de hecho, ¿de qué “esperanzas” estamos hablando?) para adultos y jóvenes infractores, de la ley penal, civil, militar, y, sobre todo, de la cívica de Carreño (o témpora, o mores!), y no “La BIBLIOTECA Insular” donde los Insulares podríamos llegar a labrar experiencias de vida positiva, no obstante ésta sea vicarial, y conocimiento en la totalidad humana y de sus verdaderas esperanzas y, por tanto, de la sabiduría que deberíamos cultivar? ¿Qué esperanza puede haber en el alma de un pueblo cuando la prioridad es castigar y no educar? ¿Qué esperanza puede haber en el espíritu de la juventud (a propósito, no se dice “juventudes”, ya que la juventud es y siempre será una sola) cuando priorizamos su reclusión y no su redención y una educación cualitativa?—Una interesante lectura sobre este tema podría ser del sociólogo Richard Cloward en su libro, “Delincuencia y Oportunidad: una Teoría de Grupos Delincuentes” (traducción mía del inglés). ¿Qué esperanzas de progreso debe alimentar un pueblo cuando aún las oportunidades socio-económicas reales las vemos sólo en la vida de los poderosos de la tribu, económica, política, y socialmente hablando, y que cuando uno (a) del común brille con luz propia es realmente una excepción, cuando no un milagro?
¿Pero realmente deberíamos esperar algo diferente? ¿Con qué derecho tenemos esta expectativa; con qué derecho abrigamos y abrazamos esperanzados nuestros osos peluches, cual protectores contra los fantasmas debajo de la cama? ¿Repetimos lo mismo, una y otra vez, y luego cobijamos la absurda idea de esperar resultados diferentes? Alguien decía que la ignorancia es peor que veinte mil guerras. Pero, ¿realmente sería ignorancia, es decir, la falta de conocimiento; la falta de sabiduría para manejar la “cosa pública” y capacidad para evaluar las etéreas relaciones interpersonales y de causa-efecto? No creo—y perdone desilusionarlos. ¿No será más bien algo mas pernicioso, más profundo; una diabólica y sutil fusión de todo lo anterior, más desidia y mala voluntad de los que pueden y tienen, con respecto a los que no pueden, ni tienen, ni conseguirán; no sería la perniciosa miopía generacional en cuanto a nuestra inescapable interdependencia, y la errada interpretación de esta noción, y el círculo vicioso que todo esto acarrea? ¿Por qué es tan difícil encontrar y cultivar el círculo virtuoso?
El poder de cambio positivo en la gente, inherente en el proceso cualitativo de la educación de las sociedades, en el sentido de una transformación real (porque hay mucha gente “educada”, sin la experiencia transformacional), normalmente es sólo subestimado por los no educados (tener un diploma no significa necesariamente haber sido educado, porque, insisto, educación es real sólo y sólo si es implícita la transformación de la esencia del ser). Como prueba de esto, basta con sólo mirar a nuestro alrededor—y me gustaría dejar claro que estoy convencido de que el propósito determinante de la educación no es para que sea el medio, por excelencia, para hacer plata o acumular riquezas materiales. Mi convicción es que el fin último de la educación es hacer de los humanos mejores personas; más conscientes de su íntima relación con su universo físico y humano; capaces de imbuirse en la auténtica conciencia de Cristo-el-humano, y no en doctrinas teológicas unilaterales y exclusivistas. Y para ser una persona honorable, decente y respetuosa de los demás, no hay que ser rico. Es más, con mucha frecuencia, la riqueza material se convierte en un impedimento y en una infranqueable barrera para ser una “mejor persona.”
La buena, cuantitativa, y cualitativa educación es la única válida estrategia y reclamo de desarrollo integral para los Insulares—y para cualquier pueblo. Sólo la educación sacudirá nuestro atraso físico y mental; sólo así el poder de la gente podrá ser superior a los que tienen el poder, en el marco de una auténtica democracia— ¿será por eso que muchos sienten terror por una verdadera democracia? No lo dudo. En nuestro caso, el turismo, el comercio, la pesca, etc., sólo podrán ser medios, y así debe ser, para algo más elevado, para algo más trascendental en la constitución de nuestros caracteres, y por eso, estos tres elementos y otros, de progreso social y económico, deben estar al servicio de todos, y no de unos cuantos “afortunados”. Recuerden: la esperanza, aún, es lo último que se pierde…como estrategia.



















