
Cada vez que al Gobierno Nacional se le da por hacerle recortes al presupuesto de la educación pública, acción que se le está volviendo perversamente habitual, pone en serio peligro el futuro de nuestros hijos. Tal ejercicio, que parece propio de las dictaduras, alimenta más el temor de la ciudadanía hacia la privatización de la que se viene hablando hace mucho tiempo.
Lo que ha sucedido con la seccional de la Universidad Nacional de San Andrés no es otra cosa que un nuevo golpe bajo que podría dar al traste con los logros alcanzados por esta Alma Mater en las islas. O una advertencia de la tragedia, como la que hace el tiburón asesino cuando se acerca mucho a la orilla.
La privatización de la educación pública en Colombia no es un temor infundado. Ha habido muchos intentos del gobierno y de sus inversores preferidos de apoderarse de las universidades y colegios de carácter público del país, pero gracias a la protesta estudiantil aún no lo logran. De ahí que toca permanecer con los ojos abiertos y los oídos despiertos.
Por lo tanto, hay que estar preparado para lo que venga. La comunidad debe estar bien alerta y ponerse en guardia ante la posibilidad de que sea desmontado alguno de los programas universitarios que ya han echado raíces en el archipiélago y le son de gran utilidad a su población y entorno.
Es perentorio que los estudiantes y padres de familia cierren filas contra el debilitamiento presupuestal de dicha institución y la terrible desgracia en la que se constituiría la apertura de sus puertas al capital privado que desde tiempo atrás quiere apoderarse de la educación pública colombiana.
La Universidad Nacional es quizá la única entidad del Estado colombiano que ha llegado al archipiélago de San Andrés y Providencia a aportarle al pueblo raizal y no a arrebatarle el conocimiento autóctono y su esencia, como si lo han hecho otras instituciones nacionales.
COLETILLA: “La cultura no siempre es para padecerla. También hay que transformarla”, Priscila Padilla.



















