La sede Caribe de la Universidad Nacional de Colombia está pasando por una coyuntura difícil. Sin desconocer lo delicada que puede llegar a ser la situación, me arriesgo a pensar que no es, sin embargo, una crisis que amenace su inmediata supervivencia.
Se trata, en sus aspectos más superficiales, de problemas presupuestarios que distan de ser desmesurados y que, con un mínimo de comprensión por parte de las autoridades universitarias y del Gobierno nacional y local, deben poder superarse. Estamos hablando, quizá, de menos de mil millones de pesos anuales que, sin ser insignificantes, son parte mínima de lo que el país ha prometido invertir para revertir los daños del fallo de La Haya a través de planes para el Archipiélago, o del presupuesto mismo de la Universidad Nacional a nivel nacional.
Y deben superarse porque la sede Caribe de la Universidad Nacional de Colombia en el Archipiélago lo amerita, por su importancia, por su significado y porque el costo social y políticode perderla supera con creces los costos económicos. El Archipiélago no puede perder su Universidad; la pérdida de mar territorial es suficiente como muestra de la desidia del país con sus fronteras azules. Pero esto no tiene que ocurrir.
En cambio, cabe pensar que la coyuntura sea propicia para revisar la situación de la Sede Caribe y las alternativas para su pleno desarrollo. Ello podría empezar por hacer un reconocimiento de la labor hasta ahora adelantada en sus aún pocos años de funcionamiento: miles de estudiantes que han pasado por sus aulas, cientos de egresados en programas de especialización y maestría, doctores en formación, profesionales graduados o en cierne estudiando en las sedes centrales de la Universidad, luego de haber cursado semestres básicos en el archipiélago a través de los programas especiales de admisión especialmente diseñados para el mismo.
Además de una producción científica y académica producto de la investigación y creación de conocimiento sobre el archipiélago, reflejada en libros, artículos y tesis que supera ampliamente todos los trabajos sumados de las demás universidades y centros de investigación del país. Estudios que van desde las ciencias básicas como la geología o la biología marinas, hasta estudios ambientales, sociales y de política, entre otros que cubren un espectro a la vez amplio y profundo.La producción es tan vasta que los numerosos eventos académicos y publicaciones han sido insuficientes para su divulgación y por ello no se es plenamente consciente de sus dimensiones.
Es tiempo de hacer un evento de grandes magnitudes donde todo el conocimiento creado se revise, se discuta y se ponga plenamente al servicio del Archipiélago. Lo cual resulta de especial importancia en la situación creada por el fallo, que ha dado lugar a tantos palos de ciego por el desconocimiento del archipiélago y de sus habitantes.
Los egresados de la Universidad Nacional en el Archipiélago, a quienes hago un especial llamado para que acudan a la defensa de su universidad, son numerosos, más aún si se les suman quienes estudiaron en el interior del país. Muchos, entre ellos algunos de nuestros ex alumnos de las Maestrías en Estudios del Caribe, Medio Ambiente y Desarrollo, Biología Marina y especializaciones en Derecho, ocupan cargos importantes y cabe esperar que destinen parte de las capacidades que la Universidad les ayudó a desarrollar, para apoyarla en esta coyuntura. Es el momento de retribuir en alguna medida lo recibido, desde la perspectiva y posibilidades de cada quien.
Y creo que la mejor forma de hacerlo es liderando un proceso de reconocimiento y apropiación de la sede Caribe de la Universidad por parte de la comunidad isleña, para empezar a superar lo que si es un verdadero problema de la entidad en las islas.
La sede Caribe de la Universidad fue creada, como las otras sedes regionales de la Universidad, para ser un patrimonio de la sociedad local, pero este propósitono no se ha logrado como sería debido en el Archipiélago. Muchas personas parecen desconocer incluso la existencia misma de la Sede y ha sido sólo a través de esfuerzos sustanciales que se ha logrado que en la última convocatoria se presentara un número adecuado de aspirantes para aprovechar las oportunidades ofrecidas.
La sede, reconocida internacionalmente por su sólido postgrado en Estudios del Caribe y por sus investigaciones, pareciera a veces invisible. Y no faltan quienes se van a buscar, incluso en el extranjero, lo que la Universidad les ofrece en su propia isla o prefieren escuchar las vanas promesas de entidades que poco o nada han invertido en las islas, desconociendo la realidad concreta de la gran inversión humana y económica que ha hecho la Universidad en su sede y en el Jardín Botánico de San Andrés.
El nombramiento como directora de la Sede Caribe de una profesora raizal, inteligente y muy preparada, magister y doctora en Economía, conocedora y estudiosa de su entorno, además de ser un acto de lógica, tiene el propósito de propiciar los cambios necesarios y buscar la integración y apropiación de la Sede por la sociedad isleña. No obstante, su nombramiento vino acompañado de medidas presupuestales que crean un entorno difícil para su gestión y que deben ser revisadas por las autoridades universitarias en compañía con los Gobiernos nacional y local. Es necesario encontrar solución rápida a un problema que, de crecer, sería grave y traumático. Además, hay que evitar que la situación derive en un conflicto al interior de la Universidad o entre la Universidad y el Gobierno.
Las islas no están preparadas para otro ejercicio de ineptitud como el de los representantes en La Haya. Ello sería desastroso y nos dejaría con la tristeza de haber echado a perder un proyecto fundamental para nuestra sociedad y para cualquier sociedad que se respete y aspire a merecer ese nombre.
Por ello hay que hacer también un llamado a la comunidad isleña toda para que actúe, se apropie de su Sede Caribe y valore lo que en ella tiene y de ella recibe: la oportunidad de acceso a educación superior y de postgrado que satisfaga las necesidades de una sociedad vigorosa.
Que atienda a las aspiraciones de tantos jóvenes que quieren trascender los niveles educativos básicos, para enfrentar los retos del presente y del futuro. Que forme los creadores del conocimiento que el Archipiélago necesita. Y que refuerce la posibilidad de alcanzar la autonomía a la cual ahora se aspira, debidamente respaldada en sólidas bases formativas y de conocimiento como las que la Sede Caribe de la Universidad Nacional de Colombia viene ofreciendo en el Archipiélago.



















