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La maldita primavera

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EDNA.RUEDEA

La naturaleza te enseña incluso cuando está callada. Te enseña frecuentemente que el hombre es el menos natural de los animales, generalmente por el afán con el que enfrenta el mundo. En una ciudad, que corre de día y de noche, se acostumbra uno a un ritmo que no disminuye nunca.


Al principio sorprende ver a todos corriendo de un lado al otro, en la lluvia o bajo el sol, de norte a sur, de este a oeste, en las mañanas y en las noches; luego con el tiempo te encuentras más que impregnada del andar afanoso, incluida en la masa que corre y no se interrumpe. Entonces la naturaleza te detiene.


La primavera que trae el verde y la flor, viene en este lado del mundo siempre en septiembre, sin importar cuanto corra el mundo o que tan pronto se levante el pueblo. Llega y te trae el olor a jazmín, en septiembre y no en marzo. Y cuando despierta el árbol que vive frente a mi ventana, cuando estira el verde desde adentro, no parece entender el afán en el que me muevo, y silencioso me dice que todo llega a su tiempo, que siempre hay un septiembre.


Y luego, cuando se acostumbra al clima amable, justo cuando no hay más abrigos en el paisaje, entra el verano, sin preguntar otra vez, como es el verano siempre: irrespetuoso. Entonces la naturaleza emite una segunda lección, todo cambia: No te acostumbres demasiado.


El ser humano parece permanecer en ese conflicto permanentemente: ansiando un cambio que no ocurre muy rápido, o acostumbrándose a un almohadón al que llama rutina. Ninguna de los extremos en los que se pose el alma la hace feliz: la continua ansiedad y la instantaneidad que requerimos siempre, son el origen de la frustración, el deseo que no se concreta, el deseo de aquello que no está, más allá del presente asombroso.


Y en el otro extremo, el hombre que busca un mar tranquilo, inmutable, inamovible: como si tal cosa fuera posible. El temeroso del cambio, el que se resiste a crecer, a ser acto aquello que carga en potencia, temeroso del resultado y del proceso mismo. Se detiene en el tiempo, mientras el tiempo le pasa al lado, encima y por dentro, aislado en un momento de su vida que pasó hace mucho.


La primavera llegará siempre, luego de cada invierno, luego de pelar mi árbol y enfriar mis pies, llegará la primavera, el asunto es que no lo hará cuando yo quiera… y tampoco durará para siempre.

 

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