De todas las aventuras que emprende un ser vivo no hay ninguna peor que la que termina con la muerte. Sin duda, al cocodrilo que emergió del mar el fin de semana último en el sector de Sound Bay le fue muy mal en la suya.
El viajero reptil, del que nunca se sabrá a ciencia cierta si se vio obligado al exilio o nadó hasta acá en forma voluntaria, tuvo el mal acierto de llegar al destino equivocado. Y acabó fusilado como un rebelde sin causa antes de que la razón lograra disipar el terror que infundiera.
Ni siquiera haber quedado en estado de indefensión, luego de ser ligado con una cuerda, impidió que Coralina y la Policía Nacional tuvieran un poco de comprensión y compasión, o que, por lo menos, le hicieran un juicio justo y no lo mataran en público como a las brujas de Salem.
La muerte del cocodrilo la lloraron los ambientalistas, los políticos oportunistas, los burócratas de lejos, y muchos otros sin ton ni son, pero ninguno propuso —antes que descargaran el fusil en su cabeza— una alternativa válida, convincente, o un protocolo adecuado, que contrarrestara la fuerza de los argumentos expuestos por las autoridades de la isla.
¿Qué pasó? ¿Se valoraron mal las cosas? ¿Se hizo lo suficiente para honrar la conciencia ambiental de la que tantos se ufanan muchos hoy? ¿Por qué, simplemente, no se interpuso alguien para impedir que lo mataran mientras se exploraban otras posibilidades?
En fin, serán las autoridades competentes las que aclaren si hubo o no un mal procedimiento por parte de Coralina. Pero algo si está muy claro y es que se trató de un espectáculo grotesco dispararle al cocodrilo delante de todo el mundo sin consideración de ninguna clase.
COLETILLA: “Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha”
Víctor Hugo.




















