En nuestro departamento el ambiente se siente tenso y pesado, en buena parte a consecuencia del inminente final del proceso instaurado hace más de una década ante el Tribunal de Justicia de La Haya por Nicaragua contra Colombia y que con un decisión inapelable delimitará las fronteras marítimas entre los dos países en el área del archipiélago de San Andrés.
Coincidentemente se está socializando con la comunidad un anteproyecto de normas para atender lo que consideramos la fuente de todos los males, como es sobre el control al poblamiento, la circulación y residencia en las islas.
Los ánimos están sin duda muy sensibles, las declaraciones de nuestra ministra de relaciones exteriores anticipando el sentido en que la Corte Internacional de Justicia podría definir el diferendo y anterior a estas, los frustrados intentos para obtener información oficial sobre el caso de parte del gobierno y de la comunidad insular que sería directamente impactada en caso de cercenarse el territorio del cual obtiene recursos del mar para el sustento, habiendo ejercido sobre ellos posesión ininterrumpida con títulos legales durante 200 años.
No ayuda en nada escuchar voces como la del diputado Rodrigo Mesa del departamento de Antioquia referirse al departamento del Chocó, poblado por afro descendientes como nosotros, denigrar de las condiciones económicas y sociales para oponerse a proyectos que podrán beneficiarlos.
Igualmente la Revista Dinero en su edición digital publicada el 7 de mayo pasado y titulado: ‘¿Qué pasaría si Colombia pierde San Andrés?’, describe una situación excluyendo el factor humano del archipiélago, que ofende a los lectores de nuestra población.
Pero lo más grave es el dolor de patria que sienten los raizales; la insatisfacción, la inconformidad con Colombia por el deterioro constante de sus condiciones de vida.
Es muy fácil descalificar las voces disonantes que gritan por independencia, como también a sus organizaciones que claman por autonomía y por regulaciones positivas que aseguren la coexistencia de la etnia autóctona en su territorio, pero es tiempo de cambiar el rumbo, es hora de detener esta marcha que extingue al nativo y destruye la vida en el archipiélago.
Como con un Spotlight muchos están siguiendo ahora los sucesos en las islas y con ellos los ojos del Estado que tenemos que influir positivamente para enderezar el camino para la prosperidad de los habitantes en el archipiélago reivindicándolo con justicia.
Debemos mirar bien en las causas que está haciendo perder el amor por la patria.
Lo que muchos llaman negocios para los nativos han sido despojos, los espacios que conquistan los que van llegando arrinconan más a los aborígenes, los programas oficiales para asistir a los pobres no alcanzan a los nativos que heredaron de sus padres y quieren dejar la tierra a sus hijos.
Nada más desafortunado sería convertirnos en momentos determinantes como los actuales en una torre de Babel.
Kent Francis James
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