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Mis maestros

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EDNA.RUEDEAYo he tenido más maestros de los que puedo recordar, muchos académicos, muchos fuera del claustro. La primera que recuerdo con claridad fue mi mama, que además del arsenal básico de todas las mamas, me consiguió El Quijote en caricaturas y se dedicaba a leérmelo a la edad en la que la mayoría de los niños de mi edad se perdían entre los "dummys'' (esta referencia puede ser confusa para los menores de 30 años), me enseñó a leer, luego a entender lo que leía, y casi simultáneamente a criticarlo (positiva o negativamente).

Luego pasaron maestros de todo tipo, buenos y menos buenos, izquierdistas y derechistas, de todos aprendí algo, incluso de aquellos de los que guardo un recuerdo vago, incluso aprendí cosas sin un registro consciente.

MI memoria que siempre fue promedio, no puede acumular los datos que gentilmente me trasmitieron, pero de muchos de ellos guardo un recuerdo más valioso aun: la pasión. Y entre mis afectos encuentro una maestra de la que puedo sentirme heredera cuando de pasión se trata. Omaira Torres, mi profesora de filosofía en la secundaria.

Era una mujer alta, con un cuello largo, ojos negros y cabello azabache y corto, usaba casi siempre faldas largas y camisas de botones al frente, ajustadas a la cintura por un cinturón ancho - eran los 90's y así se vestía la gente- no hablaba demasiado fuerte, aunque era capaz de elevar el tono si era necesario.

Nos llamaba "guacherna inhóspita" cuando excedíamos su paciencia: guacherna porque era un pseudo carnaval adolescente e inhóspita, porque en esa  tribulación no parecía poder vivir ningún ser humano. Era la primera vez que un profesor nos insultaba, y tardamos un tiempo en descifrar que nos había dicho.

Omaira se sentaba al frente, y con el texto en la mano, nos dibujaba con palabras la antigua Grecia. El asunto con esta maestra era la emoción; se emocionaba tanto al encontrar en la filosofía el alma humana que llegaba al llanto cuando leía a Platón. Mi recuerdo - idealizado- de la escena, baila entre la brisa que entra en un salón con vista al Caribe, colándose por ventanas de vidrios horizontales tipo persianas, donde una inmigrante con la mirada enrojecida por las lágrimas nos traía a Kant y a Nietzche a una isla de la que ellos mismos nunca oyeron hablar.

Donde nos convencía que la filosofía se daba mejor al arrullo del mar, como en Grecia, donde infundía a estas mentes a medio andar la idea de que nuestros sueños eran tan posibles como los de cualquiera, y que todos estos autores que le robaban el corazón fueron una vez jovenzuelos a los pies de un tutor, como el chico a los pies de Aristóteles que el mundo conoció luego como el Magno, Alejandro Magno.

En ese salón y tres veces por semana, fuimos todo cuanto podíamos ser, y si no pudiera recordar cada clase, podría siempre recordar la pasión con la que se vive cuando se ama lo que se hace.

He tenido muchas maestras (y maestros): las mujeres de mi casa de las que aprendí a ser valiente, las maestras que me dejaron soñar, las que me enseñaron a usar las palabras para llegar lejos, a argumentar, a amar la ciencia y sobre todo a tener una pretensión que es potestad de los generosos: enseñar.

 

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