Aquella imagen del presidente Juan Manuel Santos y la directora de Coralina Elizabeth Taylor Jay, sembrando juntos un árbol de ‘bread fruit’ como símbolo fundacional de lo que serán las obras del nuevo hotel El Isleño y el Centro de Convenciones, cobra hoy una magnitud de significativas proporciones.
Fueron, nada más y nada menos, las manos del primer dignatario de la nación y de la suprema autoridad ambiental de esta inmensa región de ultramar, unidas en un propósito primordial, legítimo y esperanzador. Un anhelo varias veces postergado por tropiezos burocráticos, falta de visión o simplemente desidia de nuestra clase dirigente.
¿Cuántas veces habíamos visto fracasar el intento de proyectar el Centro de Convenciones de San Andrés? Desde la época del mítico Guillermo Cabo, gerente de la Promotora de Turismo; hasta nuestros días, pasando por los tiempos de Simón Gonzalez gobernador. Se recuerda también una agitada sesión en la Asamblea Departamental con presencia del entonces presidente Ernesto Samper.
Incontables gestiones siempre con el mismo final: un desvanecimiento crepuscular indescifrable y el aplazamiento recurrente de las ilusiones.
Pero hoy, después de una convocatoria abierta que estuvo colgada más de un año en la página de licitaciones del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo; luego de que muchos amagaron pero no se atrevieron; cuando finalmente un grupo inversor nacional se la jugó por el proyecto y puso lo que hay que poner… surgen insospechados palos en la rueda de la historia.
No es necesario mencionar los numerosos emprendimientos turísticos y culturales, que se abrirían con la construcción de un Centro de Convenciones de altas especificaciones. La economía de la región sería oxigenada por nuevos negocios que -bien direccionados y eso en buena parte depende de las autoridades locales- generarían múltiples y reales oportunidades.
Tampoco vamos a valorar aquí la magnitud de las reclamaciones que formulan a través de sus apoderados quienes por más de cuatro décadas estuvieron allí usufructuando legalmente sí, pero en benficio excluyentemente particular, esos predios del Estado. Sus razones tendrán. Lo que no tiene discusión es la importancia alegórica del árbol de ‘bread fruit’ plantado allí. Esa ‘primera piedra’ que marca un hito en la historia de las islas.
El fruto del pan simboliza la esperanza. Desde que fue traído en galeones desde el Pacífico Sur, es el árbol que alcanza para todo y para todos. Es pródigo en nutrientes, exquisito y generoso. Como el cambio que todos anhelamos para estas islas y del cual hace parte esencial el Centro de Convenciones, que dicho sea de paso, debería llevar su nombre en homenaje al fruto de estas tierras que a tantos dio de comer.
Que esos ilustres ciudadanos de San Andrés reflexionen, que cedan en sus pretensiones y agradecidamente tengan la nobleza de salir por la puerta grande de la historia que los vio crecer. La genealogía futura de las islas y sus ancestros se lo gratificarán






















