Aparecieron en nuestro medio durante los acuerdos de convivencia cuando el emancipador Philip Beekman tuvo que transigir en algunos aspectos para obtener lo importante: la liberación de los esclavizados. Entonces, la siembra de palmeras fue una de las opciones de emprendimiento para los liberados en el archipiélago.
Los cocoteros nos convirtieron en una comunidad donde ninguno tendría tanto como para comprar a otros, ni nadie tendría tan poco como para tener que venderse para poder existir.
Esas mismas palmeras, azotadas por unos copos blancos como algodón y que al oprimirse dan un tinte rojo, popularmente denominado 'Cochinilla', son amenazadas. Ni la peste, que golpeó nuestra economía de los años 1930 hizo los daños que ésta, al parecer, está dispuesta a efectuar.
Si Livingston, Jr. nos dio la libertad, al coco debemos la independencia porque rompió las cadenas ligadas a la plantación de algodón que se exportaba desde las islas a Europa.
Fue el principal producto de exportación del archipiélago a Estados Unidos hasta la recesión y luego, al mercado de la costa norte colombiana.
Pero los cocoteros fueron mucho más allá diseñando el carácter de los hombres libres del Caribe, determinando su paladar –con su aceite y su blanca leche– convirtiendo su esencia en Run-down.
Muchos saben de las viviendas hechas de las palmeras, del combustible para cocinar de las cáscaras, de cómo hacíamos trueques en las tiendas con cocos por arroz, azúcar, harina de trigo, y hasta por el pig-tail que aún hace parte de nuestra gastronomía.
Y nos recrearon cuando hicimos viajes imaginarios de botes hechos de su concha y las velas de hojas de uvas de playa; cuando hicimos “bonga car” con sus ramas y nos deleitan aún con su agua refrescante y diurética.
Estas hermosas palmeras resistieron malos tiempos, se opusieron a bravos huracanes, a los vientos fuertes del Norte y las persistentes del Noreste. Decoraron estas islas y cayos con un paisaje sin igual en playas, costas, patios y fincas otrora productivas.
Cuando llegó el puerto libre, en un principio fueron reconocidas y respetadas tanto que la norma fue la de que ninguna construcción debería ocultarlas y los primeros hoteles como El Isleño, Abacoa, Brisas del Mar, El Astor, El Molino de Viento y otros, nunca retaron a las palmeras en altura.
Sin embargo otras ambiciones coparon los espacios y las edificaciones comenzaron a no tener respiraderos, ni espacios para luz, ni ventilación natural en provecho de las brisas marinas.
Teníamos que reunir cualidades de ciudad en medio del océano; y antes sin acueducto nunca faltó agua; sin alcantarillado nunca contaminamos los suelos; sin energía jamás amenazamos la seguridad de todos con telarañas de redes aéreas anti-estéticas y peligrosas que acaban con la vegetación por constantes podas ya que ahora resulta que los arboles estorban.
Todo esto es necesario para el progreso, dicen, pero contradictorio en unas islas que aspiran ser destino verde para ofrecer vida. ¿O no?
Los cocoteros saben que no tienen retorno, que no hay planes para su restitución, que ya no son importantes para nada ni para nadie, que son estorbo en las playas, son altas y peligrosas, que desaparecen de las calles y que no hay interés en sus posibilidades económicas fuera de uno solo que industrializa como bebida sus aguas.
Declina un majestuoso pasado en medio de una transición en la que desaparece toda posibilidad de vida de esas esbeltas y orgullosas palmeras que embellecieron el entorno con riqueza, hoy con tristeza solo las acompañan los recuerdos de todo lo que dieron por forjar un pueblo raizal.
(Publicada originalmente el 06 de julio de 2016)
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.






















