La experiencia de liberación, de salvación, de vida nueva no podía quedar en lo oculto, en la intimidad del alma y del corazón de los apóstoles, testigos del Resucitado. Jesús marcó huellas imborrables en sus discípulos y en nosotros, para que nosotros dejemos a nuestro paso, huellas del amor del Señor en el corazón de los demás.
Juan, había tenido un sorprendente encuentro inesperado con Jesús Resucitado. Supuso su conversión al cristianismo. Preso de una fuerza especial, caminaba a toda prisa, mirando por todas partes y buscando. Se acercó a un anciano que estaba sentado y le preguntó:
- "Por favor, señor, ¿ha visto pasar por aquí algún cristiano?"
El anciano, encogiéndose de hombros, le contestó:
- “Depende del tipo de cristiano que ande buscando".
- "Perdone -dijo, contrariado, Juan- pero soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Sólo conozco a Jesús".
Y el anciano añadió:
- "Pues sí, amigo: hay muchos tipos. Los hay para todos los gustos: cristianos de cumplo-y-miento; cristianos por superstición y miedo; cristianos por obligación; por conveniencia; cristianos auténticos... ".
- "¡Los auténticos! ¡Esos son los que yo busco! ¡Los de verdad!, exclamó Juan.
- "¡Vaya!, dijo el anciano con voz grave. Esos puede que sean los menos frecuentes. Hace ya mucho tiempo que pasó uno de ésos por aquí y precisamente me preguntó lo mismo que usted".
- "¿Cómo podré reconocerlos?".
Y el anciano contestó tranquilamente:
- "No se preocupe, amigo. Los cristianos de verdad no pasan desapercibidos en este mundo de sabios y engreídos. Los reconocerá por sus obras. Allí donde van, siempre dejan huellas".
Las lecturas de hoy hablan de las huellas que un cristiano auténtico debe imprimir en los demás. La primera es la huella del amor de Cristo, que debe ser impresa en el corazón principalmente de los alejados de Dios. Los apóstoles Felipe, Pedro y Juan marcan bellamente el corazón de los samaritanos con el amor de Dios.
Pero el enemigo también buscar marcar nuestros corazones con el odio, la guerra, la violencia y la maldad. Es ahí donde un cristiano auténtico debe llegar a poner la caricia del amor divino, a hablar palabras dulces y amables, a curar las heridas de la violencia y sanarlas con el amor que brota de la cruz de Cristo. Y no solo con palabras, sino con gestos de amor, como dice el libro de los hechos que “de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría” (He 8, 5-8), los gestos de amor curan el alma herida y hacen sonreír al triste.
La segunda es la huella de la esperanza. Nos toca poner el sello de la esperanza en todo lo que hagamos. San Pedro pide: “Glorifiquen a Cristo el Señor en sus corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que les pida una razón de su esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando los calumnien, queden en ridículo los que atentan contra su buena conducta en Cristo” (1 Pe3, 15ss.)
El enemigo lanza dardos para matar la esperanza. Si entre legalidad e ilegalidad la diferencia es de apenas una “i” para qué ser honestos; si todo acaba con la muerte, el suicidio es una opción y la resurrección es falsa ilusión. Matando la esperanza nos ahogamos en la desesperación. Los poderosos utilizan esta estrategia malévola, para hacernos creer que la droga, la tecnología, la acumulación de bienes y el placer nos dan felicidad; mientras tanto se nos va la vida sin sueños ni esperanza. El Papa Francisco pedía, no nos dejemos robar la esperanza.
Cuando Dios es la verdad fundamental en nuestra vida, la gente debe notarlo en nuestra manera de estar presente, en la calidad con que hacemos las cosas, en nuestra personalidad serena y respetuosa, en la manera optimista de mirar los acontecimientos, en la armonía y convivencia fraterna. Esta es la predicación con las obras, que quienes nos ven aprendan a esperar como esperamos nosotros.
La tercera es la huella del Espíritu Santo. Esa huella es como escudo de defensa. Tenemos un Abogado de oficio, es decir un defensor asignado gratuitamente para que todos podamos ser defendidos; Jesús nos prometió: “No los dejaré solos… yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad” (Cfr. Jn 14, 15 – 21). Linda promesa. Jesús sabe que tendremos pruebas, por eso, nos proporciona al mejor Abogado, el Espíritu Santo.
Pero el enemigo pretende marcarnos con la idea de que estamos solos y desamparados en este valle de lágrimas. La maldad impide ver la presencia de Dios, y más aún negar su existencia. Dios no hace parte de nuestra vida y si existiera no le interesa la humanidad. Así, no dejamos que habite en nosotros el Espíritu de la verdad.
Es ahí donde tenemos que mostrar que fuimos marcados por el Espíritu que, como Madre amorosa, nos protege y nos recuerda que tenemos a Dios como Padre y a Cristo como hermano mayor. Con nuestros hermanos en la fe tenemos que hacer de este mundo una casa amable para todos. Los sellados por el Espíritu debemos dejar marcas de una vida en comunión y de fraternidad; de un mundo solidario y humano, y que el Señor es nuestro Abogado cuando el enemigo nos quiere dañar el corazón.
Señor Jesucristo, así como tu que pasaste haciendo el bien, concédenos la gracia de que a nuestro paso por este mundo dejemos huellas del amor de Cristo, de esperanza cristiana y de Espíritu Santo.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.






















