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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Otra visón de las carreras de caballos en el archipiélago

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Recuerdo a Balabong en el agua. No a gran velocidad, sino en calma. Su cuerpo firme bajo el mío, el mar moviéndose alrededor y una sensación difícil de explicar, pero evidente: conexión. Lo bañé, lo monté y por un momento todo se detuvo. No había ruido ni competencia. Solo el caballo, el mar y una forma distinta de estar.  Tradición, conciencia y transformación.

Pensé entonces en los caballitos de mar que habitan estas mismas aguas: pequeños, silenciosos, casi invisibles, pero esenciales para el equilibrio del Caribe. En las islas, los animales no son solo paisaje. Son parte de la historia. Y Balabong no es cualquier caballo. Es un caballo retirado de las carreras.

En San Andrés y Providencia, las carreras de caballos no son solo un evento. Se perciben antes de verse: el galope sobre la arena, la gente reuniéndose, la expectativa creciendo en la orilla del mar. Durante generaciones han sido parte de la identidad local, un espacio de encuentro que combina tradición, competencia y comunidad.

Su origen se remonta al siglo XVII, con la llegada de los colonos ingleses hacia 1629 y los posteriores vínculos comerciales con Jamaica. En ese entonces, el caballo era una herramienta fundamental: transportaba médicos, pastores, estudiantes y materiales. Al finalizar la jornada, la competencia surgía de forma casi natural. Así, lo que comenzó como necesidad terminó consolidándose como tradición.

Hoy, esas carreras continúan realizándose en playas como Southwest Bay, en Providencia, donde representan un punto de encuentro social y cultural profundamente arraigado en la identidad raizal.

Sin embargo, con el paso del tiempo, alrededor de esta práctica han surgido dinámicas que empiezan a generar cuestionamientos, incluso dentro de la misma comunidad.

El crecimiento de las apuestas ha incrementado las sumas de dinero en juego, y con ello también la presión sobre jinetes y caballos. En ese contexto, han aparecido nuevas formas de entrenamiento y herramientas destinadas a mejorar el rendimiento, pero que en algunos casos impactan negativamente el bienestar de los animales.

Una mirada reflexiva

En medio de esa realidad aparece la historia de Liliana Montoya, quien lleva 17 años viviendo en Providencia y decidió relacionarse con los caballos desde otra perspectiva.

Su vínculo con los animales parte de un principio básico: el respeto por la vida. En 2012, durante una sequía extrema que se extendió por meses, comenzó a evidenciarse una situación crítica. Caballos –muchos de ellos con dueño– se encontraban sin agua, sin alimento, deambulando por la isla en condiciones precarias. En las noches, su presencia en las carreteras generaba accidentes y ponía en evidencia un abandono que pocas veces se discutía abiertamente.

“Era una situación bastante caótica”, recuerda… Sin mayores recursos, comenzó a recibir caballos desnutridos, heridos y yeguas preñadas. Durante años llegó a tener hasta 13 bajo su cuidado. Hoy mantiene siete caballos de forma permanente y ha extendido su labor a perros y gatos, apoyando campañas de esterilización y atención veterinaria.

Más allá del rescate, su apuesta es la educación. “Hay que hacer conciencia, sobre todo en los niños”, dice. Su postura no es de confrontación directa con las carreras. Es una invitación a observar con mayor detenimiento, a cuestionar prácticas y a reconocer que las tradiciones también pueden transformarse.

Porque el debate ya no es blanco o negro. Mientras para algunos las carreras siguen siendo una expresión de identidad, para otros representan una oportunidad para replantear la relación con los animales. Aquí no se trata de borrar lo que somos, sino de entender cómo queremos sostenerlo en el tiempo.

Tal vez el verdadero reto no es elegir entre tradición o bienestar animal, sino comprender que una no debería existir a costa de la otra.

Hoy, Providencia —y también San Andrés— nos encontramos en ese punto. En ese lugar donde las tradiciones se miran al espejo y empiezan a preguntarse si pueden evolucionar sin perder su esencia. Y quizá, como en ese momento en el mar con Balabong, la respuesta no está en dejar atrás la historia, sino en aprender a relacionarnos distinto con ella.

Última actualización ( Sábado, 09 de Mayo de 2026 19:22 )  

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