La mayor parte del tiempo somos como una sombrilla que arropa a otros. Nuestros cuerpos cálidos de voluptuosidad generosa, nutricio se explaya. A la pregunta cómo nos cuidamos le precede la duda. El no hallar dentro de ese gran espacio un lugar para nosotras.
Acá me remito a las prácticas en las que uno incluso tiene el tiempo para quedarse mirando lejos sin fracturar siquiera el horizonte. Un tiempo para una.
Un lugar en el que podamos sentir gozo sin necesidad de que ese gozo provenga de alguien. Este interrogante abierto, que nos cae como un balde de agua fría, parece venir de la nada e incluso suena como una cuestión menor. Que como me cuido, ummhh silencio…
Si alguien nos hace esta pregunta es porque desde la ternura ve dos cosas: primero, que estamos en inminente riesgo de muerte por la que pretende hacernos volver en sí. Segundo, para que veamos que tenemos de dónde echar mano ante el acecho. Nos quieren devorar, por lo que los encuentros como el de mujeres del Caribe urgen.
Entre el 27 y 29 de marzo de este año se llevó a cabo en San Andrés el encuentro de mujeres caribeñas, unos días para el cuidado de los cuerpos, para airearnos. Fueron días de escucha. Mujeres que corren con lobos o mujeres que atraviesan bosques con el pretexto de cumplir tareas para darse vida.
Estuve acompañándolas, intentado desmenuzar mi propia experiencia humana. Aquella que en los últimos años acojo desde la escritura de narrativa, poesía o garabatos en diarios. Fue un fin de semana de coqueteo. Mujeres lideresas que viajaron desde Old Providence y Puerto Rico. Isleñas que intentan dejar todo funcionando en casa para salir con o sin afanes.
Destetar nos sale caro, nos lo quieren cobrar haciéndonos sentir malas. Se ensañan con nuestra reputación. Decir no sin ningún tipo de justificación o mermar del lenguaje las disculpas nos hace sospechosas, lo atribuyen a las malas compañías. Libertinas y otras palabras van y vienen.
Las mujeres en las islas encuentran en la pesca, la agricultura, la jardinería la narrativa, el deporte, la poesía, la música y la cocina, formas de cuidado íntimo en la que se halla gozo, belleza.
¿Quién cuida este jardín? Lo digo en voz alta cuando me detengo frente a una casa en la que se concibe la memoria y las manos de forma distinta. Con certeza hay una mujer isleña. Pensando en su silencio sobre el cuerpo que no pertenece en la maternidad, interrogando el desvelo y la espera.
Tatiana Howard Rengifo
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