Hablar no es un lujo, es una necesidad. Mucho antes de las ideas, antes de las discusiones, incluso antes de las palabras como las conocemos hoy, hubo un cerebro tratando de sobrevivir. Un cerebro que entendió rápido que solo, no podía. Que necesitaba del otro para conseguir comida, para protegerse, para organizarse.
Y en ese intento de coordinarse, aparecieron sonidos, gestos, señas. No para explicar el mundo, sino para actuar juntos dentro de él.
Con el tiempo, ese sistema se hizo más complejo. Ya no bastaba con decir “ven” o “peligro”. Empezamos a nombrar cosas que no estaban presentes, a recordar, a anticipar. El lenguaje dejó de ser solo una herramienta de acción y se volvió una forma de construir sentido. Nombrar ya no era solo señalar, era interpretar. Y ahí cambia todo.
Las comunidades empezaron a organizarse alrededor de relatos. Historias que explicaban de dónde venimos, qué es lo correcto, qué se espera de cada uno. No eran solo cuentos: eran estructuras que sostenían la vida en común. Cada palabra cargaba una forma de ver el mundo. Y, dependiendo de cómo se nombraban las cosas, cambiaba la manera de sentirlas. No es lo mismo decir pérdida que decir abandono. No es lo mismo decir raizal que decir local. El lenguaje no solo comunica, también define.
En territorios donde conviven varias lenguas y formas de decir, esto se vuelve más evidente. No hay una sola manera de nombrar la realidad. Hay cruces, tensiones, traducciones constantes. Y, sin embargo, a pesar de esa riqueza, aparece una sensación insistente: hablamos mucho, pero no siempre nos entendemos. Las conversaciones se quedan en la superficie. Se repiten discursos, se defienden posiciones, pero cuesta entrar en lo que realmente importa. Como si el lenguaje, que debería acercarnos, a veces se quedara corto.
Y eso no es un accidente. Desde una mirada más profunda, el lenguaje también tiene límites. No todo lo que sentimos se puede decir. No todo lo que decimos logra transmitir lo que pensamos. Hay fallas, silencios, malentendidos. El ser humano entra en el lenguaje, pero no lo controla por completo. Las palabras que usamos vienen de otros: de la historia, de la cultura, de las relaciones de poder. Y, en ese proceso, algo siempre se pierde.
Por eso necesitamos hablar, pero también escuchar de otra forma. No solo para responder, sino para entender que el otro nunca es completamente accesible. Que siempre hay una parte que se escapa. El lenguaje no elimina la distancia entre las personas, pero hace posible que esa distancia no sea absoluta.
Celebrar el Día del Idioma en un lugar como este, no debería ser solo un acto simbólico. Es una oportunidad para preguntarnos qué estamos haciendo con lo que decimos. Si estamos usando las palabras para acercarnos o para marcarnos. Si el debate que tenemos es real o solo una repetición de lo que ya creemos.
Porque, al final, el lenguaje no es solo lo que nos hace humanos. Es también lo que pone a prueba esa humanidad todos los días.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.






















