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La intimidad con Dios nos lanza a la transformación social

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SANABRIA.OBISPONos encontramos en este segundo domingo de Cuaresma con la experiencia inolvidable de la transfiguración del Señor, en la que Jesús nos invita a movernos desde lo alto de la montaña hasta los recovecos más bajos del mundo._Desde la quietud en la contemplación de la intimidad divina hasta el compromiso incansable de la transformación social que se lleva a cabo en las periferias existenciales.

Hablemos del movimiento hacia lo alto de la montaña. Jesús y sus discípulos están pasando por un momento muy difícil; El Señor les ha venido hablando de su muerte en la cruz, lo cual ha desmoronado las expectativas de los discípulos y su ánimo está por el piso. Hay necesidad de volver a encantarles del proyecto de un mundo mejor. Jesús, como buen Maestro ha percibido la situación, con lo cual los invita a lo alto del monte a tener una experiencia de resurrección es lo que se logra como fruto de la entrega y de la cruz; la transfiguración no evita la cruz, la ilumina desde dentro.

Lo primero que Jesús hace es ayudarlos a tener momentos de intimidad con él y atesorarlos en el corazón. Hay que subir al monte, ir en la búsqueda de Dios y de su voluntad en la contemplación, en la escucha de su palabra y en la oración. El Horeb está adornado con una nube luminosa desde donde resuena la voz del Padre.

Antes de abandonar nuestros proyectos de vida, antes de acabar con el matrimonio, antes de desistir de nuestros sueños es necesario y muy útil buscar momentos de intimidad con Dios, hay necesidad de escuchar de nuevo la voz de Dios, porque es un respiro luminoso para sostener en el camino, es indispensable ver con nuestros ojos la revelación del Hijo Amado del Padre y acrecentar la confianza en él, pues la confianza es la base de toda religión.

El segundo movimiento es consecuencia del primero, la fe nos levanta y nos pone en camino. Los discípulos deben dejar la comodidad y el facilismo para abajarse e iluminar la vida. Rabindranath Tagore tiene una parábola que dice que Buda, predicando en una aldea asolada por el hambre, preguntó a sus discípulos quién asumiría la responsabilidad de alimentar a los hambrientos de aquella aldea. El banquero del pueblo movió la cabeza diciendo:

- "Todas mis riquezas no bastarían para dar de comer a tantos hambrientos.

El jefe del ejército real respondió:

- Estaría dispuesto a dar mi propia sangre, pero no tengo comida suficiente en el cuartel ni en mi casa".
Darmapol, que poseía muchas hectáreas de tierra, dijo con un suspiro:
- "El demonio de la sequía ha hecho desaparecer la humedad de mis campos y no sé cómo pagar los impuestos".

Entonces se levantó Sempriya, la hija del mendigo del pueblo. Hizo una reverencia a todos los presentes y dijo humildemente:
- "Seré yo quien dé de comer a los hambrientos"
- "¿Cómo?, gritaron todos sorprendidos, ¿qué esperanza puedes tener tú de cumplir esa promesa?"
- "Soy la más pobre de todos vosotros. Esa es precisamente mi fuerza. Tengo mi arcón y mi despensa en cada una de vuestras casas".

El mundo, con sus desafíos es el terreno de nuestra misión. No podemos huir de él. La transfiguración nos levanta de nuestras postraciones, nos invita a dejar lo que nos ata y nos pone a bajar de la montaña con Jesús hacia la entrega total.

Abraham es invitado a dejar su tierra y su familia, a abandonar los apegos familiares y culturales que lo atan: “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición… Abrán marchó, como le había dicho el Señor”. (Gen 12, 1 – 4). Abraham escuchó la voz de Dios y obedeció, pues estaba convencido que “la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales” (Sal 32); seguir al Señor no es tarea fácil ni barata.

Comprometerse con el Señor implica “tomar parte en los padecimientos de Cristo”; sin cruz no hay redención. Timoteo tiene que salir del miedo que lo paraliza y no lo deja evangelizar, y es invitado a ir al mundo y arriesgar la vida, a sabiendas que con Cristo y por Cristo vale la pena darlo todo. Eso es lo que le dice san Pablo: “Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos” (Cfr 2 Tim 1, 8 – 10).

Pedro, Santiago y Juan, testigos de la transfiguración son invitados a abandonar la tentación de la comodidad del Tabor: “hagamos tres chozas” y son invitados a bajar con Jesús para emprender la transformación del mundo. “Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

Lo contemplado debe ser llevado a la vida, pero no como una teoría, sino como un testimonio, estamos llamados a contar que Jesús nos salvó del miedo, de los apegos que nos atan. Preguntémonos, ¿Qué apegos o miedos nos paralizan e impiden caminar los caminos de Dios? ¿Qué impide que la luz de Dios brille en nuestra vida?

Señor, danos la intrepidez de la hija del mendigo del pueblo, para que nos lancemos contigo a la transformación del mundo, seguros de caminar iluminados por tu luz y sostenidos por tu palabra.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 01 de Marzo de 2026 06:42 )  

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