En San Andrés, por ejemplo, muchas de nuestras certezas parecen no venir de teorías ni de libros. Parecen venir de crecer en una isla donde casi todo gira alrededor de cómo se mueve el dinero, de qué depende el trabajo, de quién tiene acceso a qué. Eso se aprende sin que nadie lo explique.
Aquí la economía no es un tema lejano. Es el clima real en el que vivimos. Turismo, comercio, servicios, temporadas altas y bajas. La estabilidad o la angustia no son abstracciones: se sienten en el cuerpo, en las conversaciones, en las decisiones pequeñas de todos los días. Y ese entorno termina moldeando la manera en que pensamos.
Cuando la mayor parte de la vida depende de ciertos sectores, las prioridades colectivas se ordenan solas. Lo urgente no es filosófico, es práctico: sostener ingresos, asegurar oportunidades, proteger espacios, competir, resistir. Poco a poco, esas necesidades económicas empiezan a definir lo que consideramos razonable, correcto o incluso moral.
Trabajar duro es una virtud. Tener éxito es prueba de valor. Quedarse atrás es un riesgo. Progresar es casi una obligación. Y sin darnos cuenta, conceptos como mérito, autoridad o respeto empiezan a mezclarse con la posición económica y el control de recursos.
Porque en cualquier sistema, y una isla no es la excepción, quien controla los recursos suele influir en los movimientos. No necesariamente por maldad o conspiración, sino por estructura. El acceso al capital, a los contratos, a la tierra, a las redes, otorga capacidad de decisión. Y esa capacidad se normaliza como liderazgo, prestigio o autoridad.
De ahí emergen jerarquías que parecen naturales. Modelos de éxito que pocos cuestionan. Formas de poder que se sienten inevitables. Pero basta mirar con cuidado para notar que todo ese edificio descansa sobre algo muy concreto: la manera en que la sociedad produce, intercambia y satisface sus necesidades.
Si esas bases cambian, el resto puede moverse. Nuevas tecnologías, nuevas fuentes de ingreso, nuevas formas de acceso a oportunidades pueden alterar lo que hoy parece fijo. Lo que se consideraba autoridad puede redefinirse. Lo que se entendía por mérito puede transformarse. Incluso las reglas tácitas de la vida social pueden reacomodarse.
No es una idea extraña. En el fondo, casi todos lo intuimos. Sabemos que cuando cambia la economía, cambia el comportamiento. Cuando cambian las oportunidades, cambian las aspiraciones. Cuando cambia la seguridad material, cambian hasta los miedos.
Tal vez todo esto ya lo sabías. Tal vez siempre estuviste de acuerdo. Quizás lo único nuevo es el nombre elegante que alguien le puso a esta manera de mirar el mundo. Pero, para no arruinarte el fin de semana, dejémoslo así: digamos que es, materialismo histórico en la calle. Y para no alterarte mucho, para permanecer inmóvil, de ninguna manera busques sobre el autor de este “materialismo histórico” en Google.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















