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Somos un campo de batalla

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Edna Rueda Abrahams 2025 COLUMNACuando Nietzsche afirma que el ser humano es un campo de batalla, no escribe desde la serenidad del pensamiento académico ni desde la protección de una institución. Esa idea atraviesa sus textos de madurez —‘Así habló Zaratustra’ y ‘Más allá del bien y del mal’, escritos entre 1883 y 1886— en un momento marcado por la soledad, la enfermedad y la ruptura definitiva con las costumbres morales dominantes.

Nietzsche piensa desde la intemperie. Por eso su filosofía no tranquiliza: incomoda.

Para él, el sujeto no es una unidad armónica, sino un territorio en disputa permanente. En nosotros se enfrentan impulsos, valores heredados, miedo, deseo de poder, culpa, creación y renuncia. No somos coherentes por naturaleza; vivimos tensados entre obedecer lo establecido o asumir el riesgo de pensar y actuar. Ese conflicto íntimo no se queda en lo privado: se proyecta hacia lo social, organiza lo colectivo, determina lo que toleramos y aquello que dejamos pasar.

Desde ahí, la inseguridad que hoy atraviesa las islas no puede leerse únicamente como una suma de delitos ni como una anomalía ajena. Nos hemos acostumbrado a señalar. A buscar culpables visibles, rostros jóvenes, cuerpos pobres, historias rotas. Pero Nietzsche incomoda precisamente porque no permite esa comodidad moral. Nos recuerda que el deterioro de una sociedad no se produce solo por actos violentos, sino por la renuncia cotidiana a la responsabilidad. La desidia, la indiferencia y la complicidad tibia también son fuerzas activas.

Existe una violencia que casi nunca se nombra porque no grita. La del empresario que posterga indefinidamente su responsabilidad social hasta volverla un gesto vacío. La del ciudadano que normaliza la injusticia mientras no lo alcance. La de quien guarda silencio frente al daño ambiental porque no altera su rutina ni su descanso. Esa violencia no deja titulares, pero desgasta lentamente el suelo ético sobre el que se sostiene la vida común.

Nietzsche fue implacable con la moral del rebaño: ese refugio donde la culpa se diluye, donde el ‘todos’ sustituye al yo, donde la comodidad se confunde con neutralidad. Allí prospera la irresponsabilidad compartida. No porque falte información, sino porque sobra resignación. En ese lugar cómodo, la inseguridad deja de ser un hecho excepcional y se vuelve síntoma: el reflejo de una sociedad que ha aplazado el ejercicio de la voluntad ética.

Yo también habito este campo de batalla. Cada vez que elijo no incomodar, cada vez que justifico lo injustificable porque “así funcionan las cosas”, cada vez que apoyo —de manera directa o silenciosa— a quienes se corrompen porque garantizan estabilidad, inclino la balanza. No con la intensidad del delito, pero sí con la persistencia de la omisión.

Nietzsche no ofrece consuelos ni soluciones rápidas. Exige algo más incómodo: asumir la propia cuota de responsabilidad como condición mínima de cualquier transformación. Mientras sigamos convencidos de que la crisis pertenece solo a otros, el círculo se cerrará sobre sí mismo.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

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