Es un momento de repensar dónde estamos y dónde querríamos estar. Hoy, la sangre roja en las venas se abulta, buscando oxigenarse. Es un proceso inquietante, necesario para un metabolismo pleno celular; necesario para la renovación de energía. Una novísima y esperanzada energía. ¡Pero, ay! Luego de hallarse frente a la herida infectada, busca escaparse. De sí mismo, claro.
Así, y como siempre, siempre habrá un punto de inflexión donde aflora el pensamiento y la idea de la buena gobernanza que solo busca del bienestar social común, y no la mediocridad, haciendo ésta nichos de los intereses particulares; típica de la medianía de temperamento y, como nubarrón de malos presagios, intentará convergirse con ella, con la buena política. Mas no, el agua y el aceite nunca se funden. Cada uno, buscando sus acendrados propósitos, es la némesis del otro. Y tampoco es cuestión de las nocivas voluntades si no, sobre todo, de carácter.
Pero, ¿es posible, en medio de nuestros insanos y eternos conflictos, hallar algún punto de convergencia, alguna luz consensual en este oscuro y lamentable túnel?
La semana pasada, durante tres días, fui testigo de los numerosos discursos y propuestas planteadas en la II Cumbre de los Pueblos del Caribe Occidental. ¡Qué oportunidad tan grande! Pienso. Para unas verdaderas transformaciones de liderazgo; para una reingeniería de la política de la buena, aquí y ahora, es decir, aquélla cuyo único objetivo sea solo SERVIR a los demás; y no de tercamente servirse, con ese descaro que conocemos.
Lo que precisamos aquí y ahora es la nueva e impoluta consciencia —no la manipuladora, oportunista y demagógica ‘consciencia’ de los estrados politiqueros— al servicio de las masas; ésta podría ser una noble oportunidad para reflexionar, de veras, y devolverle a la política su sentido estratégico primario, y no una para pulir más la ya muy pulida ‘desgobernanza’: ausencia de verdaderas políticas públicas, proyectadas hacia el grande abanico a TODOS los sectores, y no tener como diana solo a unos porque así lo exige la politiquería tradicional, la de siempre.
No necesitamos más la descomposición de las funciones primarias del Estado; ni la inefectividad e ineficiencia en las tareas; no necesitamos eternizarse en la corrupción como sistémica estela marina en el camino; es imprescindible corregir la pérdida de la autoridad debido a una inaceptable debilidad de capacidad para cumplir sus funciones básicas.
Precisamos como pequeño pueblo, quién lo creería, un excelente sistema de educación en todos los niveles; un sistema de salud que sea la envidia de otros pueblos; unas infraestructuras colectivas para satisfacer las necesidades básicas de esta pequeña comunidad (agua, alcantarillado, internet de confianza, calles y carreteras, seguridad, en nuestro caso, en cada rincón del Seaflower); un optimismo esperanzado en el no muy lejano futuro, etc.
¿Por qué? Porque el momento preciso, el cambio y las transformaciones, oportunas todas estas, son los estados naturales de la entidad humana. Y somos capaces, con voluntad y carácter, de influir en estas innegables innovaciones para que reflejen en lo que querríamos tener en el mediano y largo plazo; para que la luz irradie nuestra propia brújula estratégica y nuestros intereses más sentidos; donde la palabra “política” no genere en las mentes de los “humillados y ofendidos” la sensación de náuseas, de resentimiento y de rechazo, sino la posibilidad de nuevos amaneceres.
Este es nuestro gran reto: leer el contenido de nuestra realidad política de ayer y hoy, y ofrecer, sin la acostumbrada hipocresía manipuladora, con la mano en el pecho y con una mente clara, a nuestras comunidades las soluciones más propicias para estos identificados retos.
Sin lugar a dudas, este cambio, sería un paradigma novedoso. Y es posible que sorprenda. Porque sería contrahegemónico y subversivo frente al status quo. Pero es hoy, imperioso. Para el bien de todos, y no solamente para una minoría desplayada en sus laureles, observando con una locuaz indiferencia las presiones sociales y física de otros. Existen otras opciones.
Y el cambio debe estar articulado, porque este mismo Estado debe permitirlo asertiva y moralmente. Porque si miramos los desafíos integralmente, todos ganamos. Es la única manera para observar y ver, dentro de este universo nuestro, dentro de este maritorio nuestro, la luz dentro de este túnel social que habitamos todos: Raizales, residentes legales y los otros también –que no deberían estar, porque la ley así lo predica; y si vamos a ser consecuentes y parte de un Estado autonómico, éste exige respeto de las leyes—.
Esta es la esperanza de la cual nos habla hoy el filósofo Bjung-Chul Han en sus obras ‘La sociedad de la transparencia’ y ‘El espíritu de la esperanza’ cuando escribe: “Para el pensar esperanzado, la verdad, la luz, es algo que hay que conquistar luchando contra lo falso, contra lo que no debería existir. A la verdad es esencial un núcleo utópico y mesiánico.”
De modo que, valga la pregunta: ¿estamos dispuestos a asumir esta inevitable responsabilidad, que debe ser ético-moral, estratégica, imperativa y categórica? ¿O preferimos seguir nadando dentro de esta insostenible miasma? La obligatoria desaparición de esta emanación, donde la costumbre la hace falsamente necesaria, incluso nihilista, por muy dolorosa que sea, es el primer paso de una verdadera comprensión de nuestra triste situación.
Es posible mirar y ver aquí y ahora, esta inaceptable realidad como una verdadera comprensión del falso yo de nuestro pasado. Así, podemos mirarnos con nuevos ojos físicos, y no solo así, sino también dispuestos a defenestrar el falso espíritu de bien que, por razones históricas, quizás, se adentraron, como falsos profetas, en nuestras almas.
Pero, como decía arriba, el cambio y las transformaciones físicas, mentales y emocionales, son condiciones que la entidad humana, debe de tener a su disposición e influir asertivamente sobre ellas; debe tener de manera consciente y deliberada para su propio bienestar histórico y, tal vez, no solamente tanto para sí, sino, y para desprenderse del enfermizo ego, para los que vendrán dentro de poco. La esperanza de iniciar el proceso de comprensión destruirá la pesadilla de hoy.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















