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Reportan hallazgos inéditos de macroalgas en cayos del Norte

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MACROALGA EN SERRANILLA Foto Valeria Peña Unimedios

En Serranilla y Bajo Nuevo, dos cayos remotos al Norte del Archipiélago, se identificaron especies de macroalgas nuevas en el país, gracias a una investigación de la bióloga Tania Beltrán Rozo, magíster en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

En efecto, el Periódico UNAL resalta una investigación reciente en la que se hallaron bajo las aguas de estos lugares un total de 207 especies de macroalgas: entre ellas, 23 nuevas para Colombia, 14 que no coinciden con ninguna especie descrita, y una registrada por primera vez en el océano Atlántico. Un hallazgo que —afirma el medio— obliga a reconsiderar la verdadera riqueza que desconocemos en el país.

Una macroalga es un organismo marino que usa la luz para producir energía y que puede formar estructuras grandes y visibles como cintas, ramas o láminas que se mueven con el agua. Además de producir oxígeno, sirven de alimento y refugio para peces e invertebrados y ayudan a estabilizar los arrecifes.

Ellas se clasifican en verdes, pardas y rojas, grupos que reaccionan rápido a los cambios del ambiente, por lo que su presencia indica la salud del ecosistema.

Territorio inexplorado

La información disponible sobre estos organismos que vivían en los cayos más distantes de Colombia en el Caribe era mínima. Durante décadas se creyó que la zona solo registraba 84 especies de formas y tamaños diferentes, un número modesto para un arrecife caribeño. Pero nadie había actualizado esa información en años, y mucho menos en un territorio tan aislado como Serranilla y Bajo Nuevo.

Así, para la bióloga Beltrán Rozo, ese vacío fue una oportunidad científica enorme, pues estos cayos, que son islas muy pequeñas hechas de arena y pedacitos de coral, tan planas y bajas que a veces solo parecen un montículo en medio del mar, son olvidados y no se tienen en cuenta al hablar de la biodiversidad.

Llegar allí no es fácil, dado que ambos cayos están más cerca de Jamaica y Nicaragua que de la costa continental colombiana. Para alcanzarlos se requieren dos o tres días de navegación, permisos especiales y mareas que permitan el desembarco. Son islotes deshabitados: no hay muelles, sombra ni agua dulce. Solo arena, un sustrato mayormente coralino, y un mar que cambia de turquesa a azul intenso en cuestión de metros.

Ese aislamiento explica la falta de estudios detallados. No es un sitio al que se pueda llegar por la mañana y devolverse por la tarde; así que quien viaja debe quedarse allí, mientras documenta un paisaje que pocas personas han visto con detenimiento.

Importantes hallazgos

En este territorio opera una pequeña base militar que refuerza la soberanía colombiana. La Armada Nacional es la única institución con autorización para realizar maniobras en los cayos, lo que le permitió acompañar y apoyar las expediciones científicas realizadas en 2017 y 2021 por instituciones como la UNAL y la Comisión Colombiana del Océano (CCO).

En ambas, la profesora Brigitte Gavio, del Departamento de Biología, lideró la recolección de muestras de macroalgas. Cada unidad recolectada era etiquetada con precisión quirúrgica: profundidad, tipo de sustrato, estado del mar y localización exacta.

Pero el verdadero reto comenzaba después: identificar macroalgas no es tan simple como distinguir colores o texturas. Muchas especies se diferencian por detalles microscópicos como la forma de sus células, el grosor de sus filamentos o la ubicación y morfología de sus estructuras reproductivas.

“Bajo el agua estos seres enamoran, pero hay muy pocas personas trabajando con macroalgas en el país. A pesar de que Colombia tiene un territorio marítimo enorme, aún desconocemos buena parte de su biodiversidad”, explica la investigadora Beltrán.

Durante meses, la magíster comparó cada muestra con claves taxonómicas, herbarios, descripciones antiguas y bases de datos, y poco a poco surgieron las sorpresas. Lo que se pensó que sería una actualización modesta se convirtió en un descubrimiento de dimensiones inesperadas.

El Caribe escondía más de lo que se creía...

El conteo final llegó a 207 especies de macroalgas. Más que un número, esa cifra representa una reescritura completa de lo que Colombia creía conocer de esa región, puesto que antes de este estudio se tenían registradas 34 especies en Serranilla y solo 11 en Bajo Nuevo. Ahora la cifra asciende a 175 y 135, respectivamente.

Pero lo más sorprendente no fue la cantidad sino la calidad del hallazgo, ya que entre las muestras aparecieron 23 especies jamás registradas en Colombia, 14 morfoespecies (unidad de clasificación temporal) sin coincidencia con ninguna descripción disponible, algunas de las cuales corresponden a especies nuevas para la ciencia en las que están trabajando en describir, y la presencia de Chrysymenia kaernbachii Grunow: un alga nunca antes reportada en todo el océano Atlántico.

Entre estas nuevas especies nacionales y los registros inusuales, varias resultan especialmente llamativas por su biología y por lo que pueden revelar sobre el ecosistema; por ejemplo C.kaernbachii es una alga roja blanda y flexible, similar a una hoja gruesa o a un trozo de gelatina vegetal. Su color va del rojo intenso al vino tinto y sus ramas no son delgadas como hilos, sino que se abren en láminas anchas con bordes redondeados, casi como pequeños lóbulos o 'dedos' que se despliegan desde un mismo punto.

Su ubicación frecuente está en Papúa Nueva Guinea y también ha sido registrada en Australia y en otras zonas del Pacífico, por lo que su aparición en Serranilla es un salto biogeográfico sorprendente, que plantea preguntas sobre los mecanismos de dispersión entre océanos y la conectividad marina global.

Otras especies rojas filamentosas, pertenecientes a géneros como Gelidiella e Hypnea, destacan porque se pueden utilizar para producir agar y carragenina —geles esenciales en la industria alimentaria—, y también presentan extractos que protegen contra los rayos UV, ideales para el desarrollo de protectores solares.

Además, las poblaciones encontradas en los cayos tendrían composiciones químicas particulares debido a que habitan un ambiente casi sin intervención humana. A esto se suman las algas pardas del grupo Dictyotales, fundamentales en la estructura de los arrecifes y productoras de metabolitos con potencial antibacteriano de interés farmacéutico. Su diversidad en estas aguas remotas sugiere la presencia de compuestos distintos a los registrados en arrecifes más visitados.

También se identificaron algas calcáreas del género Halimeda, productoras de carbonato de calcio y responsables de buena parte de la arena blanca del Caribe. Su abundancia y variedad indican que los arrecifes de Serranilla y Bajo Nuevo están activos y saludables, con ciclos biológicos funcionando a pleno. En conjunto, todas estas algas no solo forman el paisaje submarino, sino que son el motor silencioso que sostiene la vida del arrecife.

“Las algas se recolectan en bolsas plásticas, y al subir al barco se guardan en alcohol dentro de frascos opacos para conservarlas hasta el laboratorio. En las dos expediciones se recogieron kilos de material porque en una sola macroalga pueden vivir varias más pequeñas. Identificar una sola muestra puede tomar días, ya que se requiere conocer muy bien cada grupo, y en especies diminutas, incluso distinguir si son verdes, rojas o pardas se vuelve un reto”, explica la magíster Beltrán.

Una industria que Colombia no aprovecha

Comprender esta diversidad no es un ejercicio puramente académico. El valor práctico de las macroalgas toca la vida cotidiana de formas que muchas veces pasan inadvertidas. Los productos cosméticos —como mascarillas, champús y cremas humectantes— utilizan compuestos hidratantes, antioxidantes y espesantes derivados de algas rojas y pardas.

De hecho, el Laboratorio de Biología Marina del Departamento de Biología de la UNAL Sede Bogotá alberga más de 5.200 registros de algas recolectadas en el Caribe y el Pacífico, y cuenta con el herbario ‘Jiwukori’, dirigido por la profesora Gavio, en donde se encuentran depositados 3.962 especímenes de algas marinas.

Cada nueva especie identificada representa la posibilidad de encontrar moléculas útiles para la piel o el cabello. En la industria alimentaria ocurre algo similar: el agar, la carragenina y otros geles que dan textura a yogures, helados o bebidas vegetales provienen de macroalgas, por lo que nuevos registros significan nuevas oportunidades para el desarrollo de ingredientes.

En estudios previos, la bióloga Natalia Martínez Sierra, de la UNAL, ya había registrado especies con potencial farmacéutico y alimenticio en Barú (Cartagena). Lo mismo en investigaciones del grupo de estudio y aprovechamiento de productos naturales marinos del Departamento de Química, que ha identificado en San Andrés algas rojas con compuestos que protegen la piel de los rayos solares, y en Santa Marta, especies que producen geles naturales útiles para mascarillas que reducen la deshidratación.

Además, la investigadora Beltrán asegura que, aunque en menor medida, también encontró especies de cianobacterias, que son algas que pueden ser tóxicas para los corales, pues su contacto directo puede fomentar la enfermedad en estos animales. Por eso es necesario hacer más análisis del impacto que pueden tener en esa zona del Caribe colombiano.

“En otros países ya hay industrias consolidadas de extracción de compuestos y aprovechamiento de algas marinas, pero en Colombia apenas estamos identificando lo que tenemos de diversidad, por lo que hay un atraso importante”, concluye la bióloga.


(Foto: Valeria Peña, Unimedios)

Última actualización ( Martes, 02 de Diciembre de 2025 09:28 )  

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