
Hace un par de días participé en un conversatorio en la Universidad de los Andes referente al papel de los liderazgos comunitarios y femeninos en la construcción de país, en la construcción de paz. Algo que para ser honesta, para mí fue sorpresivo, debido a los sentimientos encontrados que he podido experimentar durante estos años de residencia temporal en la capital.
Bogotá, además de ser el epicentro del poder político y económico, es una ciudad que abraza y, al mismo tiempo te enfrenta con el clima, con la distancia física, social y personal. En apariencia la gente es correcta, cordial y hospitalaria, pero no escatima en marcar sus límites.
Hace tres años comencé mi segunda temporada en esta ciudad (la primera fue en mi época de universitaria). En esta oportunidad, sentí algo de miedo, agobio y nerviosismo no solo por el reto profesional que asumí sino por no saber que esperar. Volver a esta ciudad era una forma de confrontarme con el pasado. Se trataba de volver a conectar con una ciudad a la que respetaba pero que miraba con reserva por las experiencias agridulces, transitadas durante la vida universitaria. El temor latente era vivir la incomprensión y la sensación de no encajar en la ciudad porque en las islas tenemos otras formas y modos.
Los que han vivido en la ciudad por tanto tiempo, saben a lo que me refiero. Existe una suerte de código de maneras y formas en donde no siempre es bienvenido hablar con transparencia, desparpajo, espontaneidad y sinceridad. Se prefiere, en cambio una ‘falsa diplomacia’, basada en el respeto por ‘el pacto de no decir todo lo que se piensa’ –aunque sea verdad– porque pesa más la necesidad de quedar bien y hacer gala de las buenas relaciones y contactos.
Durante mi paso fugaz por el ejercicio público reiteré que mi estancia en esta ciudad era temporal; era una suerte de residente legal en préstamo y con fecha de caducidad. Sentía que mi territorio me había ‘cedido’ por un tiempo definido y que, el paso obligado, al cabo de un tiempo, sería volver. Estos años han sido de siembra, crecimiento, cosecha personal y profesional, aunque, por momentos, sentí que había logrado muy poco.
Con el paso del tiempo he descubierto que lo obvio no siempre es lo más fácil, pues hoy me enfrento a la inescapable pregunta: ¿me quiero quedar en Bogotá? ¿quiero volver a la isla?
Bogotá tiene la virtud de acoger a todo el que viene y al mismo tiempo, mostrar el lado crudo de la verdad. En donde el centralismo, el desconocimiento a las regiones, a sus gentes y sus historias, el clasismo y racismo conviven abiertamente, sin penas, sin vergüenzas.
Con todo lo vivido en la historia de este país, no logramos identificar y aprender de los errores del pasado para superarlos. Seguimos siendo esa nación contrahecha, pegada por pedazos, a veces, unida por circunstancias superiores.
Pero, esta ciudad también se ha convertido en el lugar de acceso a mayores oportunidades y a servicios que dan cuenta de calidad de vida, aunque la competencia por recursos, espacios y empleos sea bastante exigente y en algunos casos, despiadada.
No sé si estoy preparada para volver; retornar a las islas también resulta desgarrador. Se vive una sensación de extrañeza, de incomprensión e impotencia por el estado de deterioro e inseguridad que experimenta. No resulta fácil explicar cómo con el paso de los años las islas revisten un rostro irreconocible. A pesar de eso, volver a casa y ver a tus seres queridos recarga y a la vez, entristece por no querer irte de nuevo. Las islas, con la suma de sus desafíos, problemas y complejidades siguen siendo ese hogar, aunque no sabemos por cuanto tiempo.
Ahora bien, ¿es posible regresar a las islas y dejar todo atrás? Aquí presentaré algunas ideas o excusas que complican mi respuesta. Para empezar, no es fácil migrar; ni para el que sale de las islas o para quien desee regresar. La decisión para nada es menor, aunque en ocasiones, se migre por razones superiores a los propios deseos de permanecer: falta de oportunidades educativas y laborales, por seguridad, por salud. Situación que no deja de ser paradójica por la cantidad de gente que aún sigue llegando a las islas para quedarse o para buscar la ruta hacia el país de los sueños y promesas.
Cuando nos vamos de un lugar, algo de nosotros muere y se queda en él. Migrar, es todo un acto de desprendimiento que nos obliga a soltar lo que parece cómodo y seguro para disponerse a abrazar lo nuevo, a pesar de lo desconocido. Es un acto de fe, en donde se duda y también se afirma la creencia de que las apuestas por quedarse en este lugar tienen su propósito. Quizás, volver a comenzar y escribir otro capítulo, es posible.
Por momentos, se quisiera echar para atrás todo, pero no siempre hay manera. Te das cuenta de que, ya no eres la misma persona de hace tres años; tus motivos, pretextos y razones para irte han cambiado y la ciudad te ha cambiado.
Contrario a mi primera experiencia en la ciudad, esta ocasión ha traído momentos valiosos y entrañables de hacer nuevas amistades y conectar con la comunidad de raizales por fuera de las islas.
Organizaciones como ORFA brindan la oportunidad de revivir y celebrar aquellas prácticas, relatos y experiencias que nos acercan a las islas y nos recuerdan porqué somos diferentes. Los estudiantes y profesionales que viven en Bogotá cuentan con un espacio privilegiado para el encuentro, la reflexión sobre su presente y visión de futuro.
Celebro la existencia de estos encuentros. Resistir en la ciudad y en comunidad, sostiene, da fuerzas en los momentos de soledad y desarraigo. Que bien por los estudiantes y residentes que tienen ‘A piece of huome in Bogota’.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















