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Jesús vino a reinar

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SANABRIA.OBISPOCelebramos hoy a Cristo, Rey del Universo. Esta solemnidad está puesta para coronar la obra que Jesús vino a realizar. En su paso por nuestro mundo, su misión fue predicar, sanar, amar, en definitiva, hacer que “¡Venga tu Reino!” En ese reinado, Jesús es el Rey. Ese proyecto no ha terminado, continúa con nosotros hoy, y alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Pero el reinado de Dios es opuesto a los reinados humanos. Cuentan que El "rey de casi todo" tenía casi todo: tierras, ejércitos y mucho oro. Pero no estaba satisfecho con el casi todo, quería todo: tierras, ejércitos y todo el oro. Entonces mandó a sus soldados conquistar ese todo que le faltaba y fueron conquistadas más tierras, otros ejércitos y mucho más oro. Pero el rey todavía no tenía todo; seguía siendo el rey de casi todo. Por eso quiso más.

Quiso las flores, los frutos, los pájaros. Quiso las estrellas y quiso el sol. Flores, frutos y pájaros le fueron traídos. Se apresaron las estrellas y el sol perdió su libertad. Pero el rey todavía no tenía todo. El rey era aún el "rey de casi todo" y se puso triste. En su tristeza salió a caminar por sus reinos. Pero sus reinos eran ahora muy feos: la noche no tenía estrellas y el día no tenía sol. Hasta que un día mandó que devolviesen las flores a los campos; que entregasen las tierras conquistadas; que soltasen los pájaros; que volviesen las estrellas al cielo y liberasen al sol. Así recobró la alegría y con ella la paz, y con la paz se dio cuenta que ahora lo tenía todo.

Así es el Reinado de Jesús, él quiere ser el rey de todo; pero no un rey que acapara buscando su propia gloria, sino dando y dándose para que el mundo sea la casa del amor y de la paz. Para que su reinado se haga visible tenemos ser sus obreros con cinco acciones muy precisas.

La primera es “Reconocer” a Jesús como rey. En la cruz fue cuando, con bellaquería, dieron a Jesús el título de rey: «Este es el rey de los judíos» (Lc 23, 38). Jesús vino con el propósito claro de reinar. Apenas nacía cuando “llegaron a Jerusalén unos sabios del Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos salir su estrella y venimos a adorarlo”. (Mt 2, 2). Y cuando enjuiciaban a Jesús, “Le preguntó entonces Pilato: “¿Así que tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo has dicho: yo soy rey”. (Jn 18, 37). Desde su nacimiento y hasta la eternidad, Jesús vino a reinar.

La imagen de los reyes humanos no siempre evoca las mejores referencias. El de Jesús es diferente. Reina por servir a los pobres y a los últimos; reina por amar donde surgen enemistades; reina por implantar la justicia donde hay corrupción; reina por buscar la paz, en los campos de batalla, reina por donarse totalmente en medio de reyes humanos que compiten por imponer su propio ego. Ese es el reinado de Jesús. Quiere reinar en todo el mundo, como duelo de todo. Estamos de frente a un rey bueno, poderoso, humilde, servidor y amoroso.

La segunda acción es “ungir” a Jesús como rey. Dice el libro de Samuel: “Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel” (2 Sam 5, 3). Estamos llamados a hacer alianza con Jesús, a ungirlo como rey de mi vida, de la familia y de la sociedad.

El mundo quiere ungir al “tener” como rey, y su punto de mira es el dinero, no como instrumento de fraternidad, sino como indicador de poder y de vanagloria egoísta y acaparadora. La sociedad busca ungir el “poder” como rey, para mandar y manipular según sus ideologías e intereses, más que para servir a los pueblos. Esto lo vemos con toda claridad en el mapa geopolítico del mundo. Ahí debe aparecer el cristiano para ayudar a que Jesús sea ungido como rey, cuyo secreto no está en tener sino en donar, no en el poder sino en el servir.

La tercera acción es excavar en la mina del corazón del rey. San Pablo nos pide que “Demos gracias a Dios Padre, que los ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 12ss). Tenemos que saber estar con Jesús, escucharlo y excavar en su corazón.

Excavar significa ahondar, desenterrar, perforar para lograr sacar los tesoros ocultos. Nadie puede ser trabajador del Reino de Dios si antes no ha conocido los tesoros ocultos en el corazón del Rey. El corazón de Jesús es una mina inagotable de amor, de justicia, de bondad, de paz y fraternidad. Sólo quien conoce esos tesoros puede dedicar su vida a cuidarlos.

La cuanta acción es implantar el reinado de Jesús. En todo lo que decía y hacía Jesús implantaba el reino de Dios, a veces en el corazón de una sola persona, como en el caso del condenado con él en el calvario, que suplicaba “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

Para implantar el reino hay que sembrar semillas de Dios. Jesús, a su paso, sembraba la del perdón; otras veces eran semillas de acogida, de amor profundo, de corrección, de esperanza. También se implanta el reino escuchando su palabra y celebrando sus misterios como hacia el pueblo de Israel: “Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David” (Sal 121, 4s). Todos somos sembradores de las semillas del Reino. Todos a sembrar.

Y la quinta acción es proyectar el reino de Dios hasta la eternidad. No somos trabajadores del Reino de Dios durante una temporada, o mientras cumplimos edad de jubilación. Es una empresa que nos involucra hasta el final; Jesús lo ha dicho: “mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Trabajar para que ya mismo se hagan visibles los frutos del Reino, pero con la convicción de que solo en la eternidad lograremos la plenitud de su reinado.

Creo Señor que has venido como rey del mundo, pero aumenta nuestra fe para que trabajemos como obreros de tu Reino, que pasemos por el mundo sembrando las semillas de Dios.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 23 de Noviembre de 2025 06:12 )  

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