En 1973, dos psicólogos de Princeton (USA) quisieron probar si la compasión dependía de la fe o del tiempo. Reunieron a estudiantes de teología —gente formada para hablar de bondad— y los mandaron a otro edificio a dictar una charla. A unos les dijeron que hablarían sobre la parábola del Buen Samaritano; a otros, sobre cualquier tema.
En el camino, un hombre tosiendo pedía ayuda._El experimento no estaba en el aula, sino en el pasillo, en esa decisión mínima que revela lo que somos cuando nadie nos mira.
Los resultados no dejan espacio para consuelo. Ustedes, nosotros, ayudamos más cuando no hay prisa. Cuando el reloj aprieta, los valores se encogen. La empatía se disuelve entre los pendientes. No es falta de sentimientos, es cansancio. La prisa vuelve el alma torpe, y la rutina, ciega. A veces creemos que somos buenos, pero solo lo somos cuando el tiempo nos lo permite.
Porque aquí todo cansa. Los precios de la canasta familiar, la gasolina que asfixia el bolsillo, el tráfico que parece una metáfora de la desorganización colectiva. La vida en el Archipiélago se volvió un ejercicio de resistencia, y en ese esfuerzo diario, ustedes y yo hemos aprendido a ahorrar también en empatía. No porque seamos crueles, sino porque estamos agotados.
El experimento del Buen Samaritano no habla de ellos, habla de nosotros. Explica cómo la pobreza emocional nace de la precariedad material. Si el gobierno local no cumple con sus deberes —si la salud, la vivienda, la educación y el transporte se vuelven favores en vez de derechos—, la empatía se muere de inanición. El contrato social se rompe, y todos caminamos mirando al piso, esperando sobrevivir el día.
Nos volvimos expertos en el “no es mi problema”, en pasar de largo ante la violencia, el grito, el abuso. Como los teólogos apurados del experimento, repetimos discursos sobre el amor al prójimo mientras esquivamos al herido. Y aun así, algo dentro de nosotros sabe que no estamos bien.
Ustedes, yo, todos los que vivimos aquí, tenemos que hacernos cargo. No podemos seguir justificando la indiferencia con el cansancio. La empatía también es una forma de rebeldía. Si el contexto nos endurece, toca resistirlo. Si el gobierno no cumple, toca recordarle que la desidia institucional también es violencia.
Podemos ser mejores. No porque lo diga un estudio o un sermón, sino porque ya hemos probado la otra opción: la del silencio, la de mirar al herido y seguir caminando. Y sabemos que ese camino no nos salva a ninguno.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















