Me cuesta que me respondan con dos piedras en la mano. De un tiempo para acá, algunos parecen perturbados por la violencia, la desesperanza y la estrechez del territorio. ¿Qué tuvo que pasar para que lo único que quedara fuera la violencia?
¿En qué momento el otro se volvió objeto de sospecha? Que vivamos en un mundo donde el otro está bajo sospecha no habla bien de nuestra salud mental. Tampoco lo es andar por la vida envalentonados, con palabras endurecidas y el cuerpo rígido por la bilis.
En Colombia, octubre es el mes de la salud mental; la Ley 2460 de 2025 así lo establece. El pasado 10 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental. Durante todo el mes se abren espacios para hablar del estigma y la discriminación, de la prevención del suicidio, del acceso a servicios de calidad y el costo que representan para el sistema las incapacidades por problemas o enfermedades mentales, del compromiso real de los gobiernos para priorizar el bienestar y el cuidado en sus agendas.
Lo que sucede a nivel comunitario incide directamente en nuestra salud mental. Cuando me veo en el otro, también me encuentro turbada por el miedo. Veo sus manos y veo las mías, que han aprendido a sostener distinto.
¿Cuándo dejó de hacernos ruido la violencia? ¿Por qué hay muertos buenos y muertos malos?
La mujer de la panadería se desarmó, al igual que la cajera del supermercado y el conductor; es que nos vemos por lo menos dos veces a la semana. Somos los mismos todos los días en una isla pequeña del Caribe. El territorio tiene 27 kilómetros cuadrados; el maritorio, más de 300 mil kilómetros cuadrados. Los acontecimientos transcurren y, de una u otra forma, nos atraviesan a todos. El miedo, los traumas y las angustias son colectivos.
Hablar de salud mental implica darle cabida al malestar comunitario: la falta de tiempo para juntarnos, la desconfianza, la suspicacia, el individualismo, el sentimiento de soledad, la carencia de espacios y la agonía de los ecosistemas. Esto se enuncia cuando hay un lugar para apalabrar, para escucharnos.
Nos cuesta atender, mirarnos, devolver distinto. Algunos andan con dos piedras en la mano porque les arrebataron todo. Los problemas y las enfermedades mentales en las islas hablan del malestar social, político, económico y ambiental; hablan de la falta de tacto y del lugar del cuidado.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















