Dios está con nosotros y no cesa en buscar infinidad de ocasiones y estrategias para manifestarnos su amor tierno y paternal. Siempre nos ha amado y lo sigue haciendo porque el amor es su esencia. El trabajo espiritual ahora nos corresponde a nosotros y se trata de descubrir razones para vivir agradecidos con Dios.
La gratitud es una de las mayores medicinas espirituales de todos los tiempos. Es un remedio para muchos problemas espirituales diferentes. Es uno de los antídotos más poderosos contra la lástima de sí mismo, la envidia, el resentimiento, y la soberbia. Nada frustra más al diablo que un ser humano agradecido a Dios (Michael J. Sis).
Cuentan que, habiéndose extraviado un león en un bosque cubierto de zarzas, se clavó una espina en la mano; adolorido apenas podía dar paso. Quiso la casualidad que encontrase un rebaño con su pastor, y llegándose a éste comenzó a menear la cola y a enseñarle la mano. Temeroso el pastor, le puso delante algunas reses para que se las comiese y no le atacara a él. Pero el león que no deseaba comer, sino que le sacasen la espina, se acercó aún más al pastor, quien, viéndole tan hinchada la mano, comprendió su deseo y le arrancó la espina. Tan pronto como el león se sintió aliviado, se sentó junto al pastor y le lamió las manos, marchándose al cabo de un rato.
Sucedió que después de algún tiempo, fue cogido el mismo león y llevado al gran coliseo romano. También el pastor se encontraba en el circo, destinado a ser comido por las fieras, por haber cometido un horrendo crimen. Lo sacaron a la hora y la casualidad quiso que le echaran aquel mismo león, el cual, en vez de lanzarse sobre el pastor, se acercó con mansedumbre, se colocó a su lado y le defendió de las otras fieras. Admirándose los espectadores y, conocida la causa por el relato del pastor, le dieron libertad a los dos. Queda claro que la gratitud aporta felicidad y genera libertad y paz.
La palabra de Dios habla de la gratitud, y como ejemplo nos ofrece a Naamán, y uno de los diez leprosos curados que reconocieron la acción de Dios en ellos. Y nosotros, ¿qué razones encontramos para vivir agradecidos con Dios? Las lecturas de hoy ofrecen diez razones.
Primera y fundamental, por enviarnos a su Hijo. Cristo es la máxima expresión del amor de Dios por la humanidad. San Pablo pide a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2, 8). Nada más grande que enviarnos a su Hijo, eso merece nuestra gratitud eterna.
Segunda, por enseñarnos a valorar el don de Dios. Reconocer a Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador nos hace ricos. Solo el que reconoce a Cristo y vuelve a él se salva. Situarnos ante Dios no esgrimiendo derechos, sino con humilde gratitud, sabiendo admirar los detalles del amor con que Dios nos rodea. “Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”. (2 Tim 2, 11ss).
Tercera, porque nos hace portadores de la gran noticia para la humanidad. Cristo, muerto y resucitado es la gran noticia para el mundo. La ocupación principal de un cristiano ha de ser hablar de Cristo y mostrarlo a los demás. Ojalá todos los habitantes del mundo oyeran decir de labios de Jesús: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. (Lc 17, 19).
Cuarta, porque Dios siempre actúa, aunque de manera silenciosa. Naamán y los diez leprosos esperaban una acción espectacular y se enfurecen porque no hay ni exigencias ni show mediático. Dios huye del espectáculo y en cambio actúa silenciosamente. Así ha actuado en nuestra vida, y tal vez por eso no nos damos cuenta de su presencia y de su acción.
Quinta, porque además de la curación nos concede el don de la conversión. Naamán fue curado, y a cambio le entregó a Dios su corazón: “Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor” (2Re 5, 17). Y de los diez leprosos solo uno volvió a buscar a su salvador. El gran milagro del amor de Dios es que volvamos a él de todo corazón.
Sexta, porque el corazón de Dios es universal y la salvación llega a los extranjeros. Dios acoge a toda la humanidad sin distingos geográficos, económicos, culturales, religiosos ni políticos. Naamán era sirio y de los diez leprosos no se pregunta su origen. Dice el salmista: “Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” (Sal 97, 3).
Séptima, porque Dios se hace el encontradizo en los umbrales más trágicos y pesados del sufrimiento. Cuando las enfermedades son incurables, cuando no quedan más posibilidades de ayuda, cuando duele la vida, ahí, Dios toma la iniciativa y sale a buscarnos.
Octava, porque Dios toma en cuenta de manera preferencial a excluidos y enfermos. No hay muchos que piensen en ellos y menos para favorecerlos. Es un comportamiento propio de Dios. ¿Cómo no agradecer que Dios sepa de nosotros y esté dispuesto a ayudarnos?
Novena, por enseñarnos a ser agradecidos. Decía el papa Francisco: “La gratitud, el reconocimiento, es en primer lugar un signo de buenos modales, pero también es una insignia del cristiano. Es un simple pero genuino signo del reino de Dios, que es el reino del amor gratuito y generoso”. La gratitud se muestra con palabras, pero también con el cambio de vida y el reconocimiento de que es Dios quien obra en nuestra vida, como lo muestra Naamán: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”.
Décima, por capacitarnos para dar lecciones de buen corazón. Una lección es cuando cantamos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas, y otra cuando asumimos con valentía el compromiso parroquial. Pablo afirma: “Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús”.
Creo, Señor, que debemos ser agradecidos, pero aumenta nuestra fe para descubrir tu presencia amorosa con nosotros.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















