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El mar también es el cielo

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Dicen que llegó a Pash Bay, a la playa de siempre. Que se descalzó y envolvió la ropa sobre sus sandalias. Que entró al agua y sintió que el mar era distinto, cálido, como la última morada. Después la vieron sobrevolar la inmensidad del océano.

La muerte de un amigo deja siempre un sabor a escamas en la boca. Sobre todo, cuando días antes hablábamos del futuro: ese animal invisible que devora el presente y se esfuma a voluntad.

–Ven a la Feria.

–Aún no he salido de aquí. Estaré llegando la semana entrante, pero no sé si voy a parar en San Andrés, porque aún no tengo nada que presentar. Sé que es una dinámica hermosa para estar y conocer gente. Te contaré.

–¡Luz Marinaaaaaaaaaaa!
–Llegué. Luego te marco.
–Ok

Estoy trabajando en las correcciones de su libro 'La agonía del Betty B.', una investigación que comenzó en 2019 y que le costaba trabajo abandonar. Un libro dedicado a Carmelita, su hermana, quien le contó los pormenores del hundimiento del barco aquel 19 de diciembre de 1976. Me dijo que lo revisara, que se lo había enviado a varias editoriales y que le prometieron respuesta antes de diciembre. Hoy, 9 de octubre, murió Luz Marina Livingston.

No fuimos amigas desde siempre. Durante años discutimos sobre las profundas diferencias de las versiones de país que cada una veía. Teníamos ideas opuestas sobre el poder y los gobiernos. Luz Marina, con su suave sonrisa, me hacía sentir que había cosas que yo nunca iba a poder entender. Y tenía razón. Su vinculo personal con las historias las llenaba de una sutil precedencia que ostentaba con elegancia.

Coincidíamos en todo lo demás; creíamos en la literatura como el camino elegido para redimir el vacío, en la soledad de esa elección, y en la necesidad de nombrar los casos de los desaparecidos raizales en alta mar, temas silenciados durante tantos años.

Conocí sus letras por June Marie Mow, quien me mostró los textos Entre mares, lazos, velas y destino, cuatro historias escritas para un libro virtual: 'Compilación de textos sobre el mar, crónicas, cuentos y poemas', que nunca llegó a imprimirse.

Luz Marina era —me cuesta trabajo conjugarla en pasado— una mujer suave, de convicciones fuertes. Guardaba información sensible, producto de su trabajo como periodista investigativa. Lo hacía bajo una ética silenciosa. Al mismo tiempo, tenía una vocación por los misterios y la siembra, tanto, que intentaba cultivar sus propios alimentos. Un día me dijo que era la guardiana de las semillas de las especies de Providencia.

En su última columna, escrita el tres de octubre —hace tan solo una semana— para la revista Cambio, dijo: “No importa en qué hogar de la isla naciste, siempre los fantasmas están presentes.” Hablaba de los rituales de la muerte en el universo raizal, donde los espíritus anuncian su llegada.

Sentí que esa columna era su propio anuncio. Claro, llano, sereno. Como ella.

Última actualización ( Lunes, 13 de Octubre de 2025 18:21 )  

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