Los primeros días de enero trajeron con los vientos alisios y las marejadas del norte una serie de episodios adversos que, sin duda alguna, ponen a prueba nuestro tonelaje de asombro, reflexión y respuesta como sociedad. Es una prueba, se podría afirmar, de lo que somos capaces de resistir. Pero es también una oportunidad.
La tragedia en altamar de la motonave Miss Isabel, con todas sus terribles e irreparables consecuencias, es una ocasión para unir a todas a las capas de la sociedad en torno a las banderas de la solidaridad, el trabajo horrado y el progreso. Las investigaciones sobre lo sucedido deben servir para enmendar errores, cubrir falencias y sancionar a los responsables, si los hubo, por error u omisión.
Este mismo proceder debe obrar en relación al caso de la barcaza extranjera que atravesó nuestra guardiana de coral: su majestad el arrecife, produciendo daños irreparables ya comprobados en fotos y videos captados por los buzos de la autoridad ambiental.
Pero lo prioritario, me atrevo a afirmar, no es la búsqueda de un ‘chivo expiatorio’ para minimizar nuestros tormentos de conciencia. Tampoco el descabezamiento veloz de unos, dos o más elementos que limpien el honor de las autoridades. No. Lo verdaderamente urgente que requerimos en estas islas de Dios, es desarmar nuestro espíritu.
El colectivo isleño está en buena parte cargado de profundos resentimientos. Si hasta para unirnos frente a la amenaza del desmonte de los subsidios a la energía anteponemos requisitos sectarios. Como si para enfrentar desgracias comunes habría que exhibir certificados de origen y procedencia autorizados por la Santa Inquisición.
Es tiempo de rodear a la gobernadora Aury Guerrero Bowie. La capitana de este barco centenario llamado Departamento Archipiélago, por contundente mandato democrático y popular.
La que pasó fue una semana inolvidable. Una prueba de fuego para el talante de la mandataria que recién comienza y de toda la comunidad en su conjunto. Flaco favor le estaríamos haciendo a ella y a su irrevocable conducción, llevándole problemas nimios, ociosos e inoficiosos. Contrariedades cortesanas.
El problema de la seguridad en el mar, en la tierra y en el cielo. El problema ambiental. El del hospital. Y el de los subsidios, por citar solo algunos de los infinitos desafíos que afrontan San Andrés, Providencia y Santa Catalina, requiere de grandeza, compromiso y solidaridad. Para ver si salimos, de una vez por todas, del pig-tail bucket.





















