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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Lo normal

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Edna Rueda AbrahamsEl pasado 20 de julio en San Andrés no hubo disparos. Hubo riñas. Pero la estampida de cuerpos corriendo, el eco seco de los gritos y la confusión multiplicada por el miedo no salieron de un vacío. Salieron de una idea. Una que ya estaba sembrada mucho antes del primer toque de redoblante.

Lo que ocurrió fue un reflejo psíquico: el cuerpo actuó como si fuera cierto que alguien iba a disparar. Porque en esta isla, hoy, esa posibilidad no se siente lejana. No resulta improbable pensar que entre la multitud, bajo el cielo festivo, se detone una bomba social en forma de bala. Y eso, justamente, es lo que duele: que la violencia se haya instalado en el margen de lo que "puede pasar". Que la violencia haya ganado estatus de normal.

La palabra “normal” viene de norma, y la norma no siempre es sinónimo de lo bueno. Es solo lo que se repite lo suficiente hasta volverse paisaje. La normalidad es una decisión colectiva —a veces inconsciente— que transforma lo excepcional en rutina. Cuando algo se normaliza, el cerebro ya no lo discute: lo adapta, lo integra, lo tolera. Se silencia la alarma interna. La injusticia se vuelve un hábito. El miedo se acomoda. Normales fueron la esclavitud, la guillotina, los matrimonios infantiles y los sacrificios humanos, fueron normales y legales. Nunca éticos. 

Autores como Philip Zimbardo, psicólogo social conocido por el 'Experimento de la Prisión de Stanford', han demostrado cómo la mente humana se adapta con rapidez a contextos de violencia o abuso, justificándolos si se perciben como parte del entorno. En sus estudios, personas comunes cometieron actos crueles simplemente porque el contexto lo permitía. La “normalización del mal”, como lo llama, es progresiva y peligrosa.

Pero ¿cuándo empezó este ciclo en las islas? ¿Cuándo nos dejamos convencer de que vivir con temor, con violencia simbólica o explícita, era parte del trato? ¿Quién decidió que la agresión era tolerable? ¿Cómo se instala la idea de que los problemas no tienen solución y que es mejor no meterse?

Estas preguntas nos arrastran a lo profundo. A los barrios donde la rabia se hereda, donde el liderazgo está ausente o es decorativo, donde los sueños se apagan con sustancias que prometen un segundo de alivio. Y es ahí, en esa cotidianidad desgastada, donde más peligra nuestra conciencia. Porque cuando uno normaliza la tensión constante, el cuerpo y la mente pagan peaje: el alma se endurece.

Entonces, ¿qué más hemos normalizado? ¿La ausencia del Estado? ¿La violencia doméstica? ¿Las amenazas en las escuelas? ¿La mediocridad en los servicios? ¿Los liderazgos vacíos que prometen y no transforman? ¿Cuántos han tenido que acudir al consumo de sustancias psicoactivas para anestesiar la realidad? ¿Cuántas creencias supersticiosas se vuelven refugio porque ya no hay fe en lo concreto?

En el fondo, yo lo sé, lo sabemos. Sé que correr huyendo despavoridos en medio de una fiesta no debería parecer lógico, que vivir con el cuerpo en alerta no es una forma digna de existir. Entonces me pregunto (te pregunto): ¿Cuánto de esta supuesta normalidad ha sido elegida y cuánto simplemente tolerada?

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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