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Él está aquí

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EFRAIN DAWKINSHoy iba a publicar otra columna. Pero, unas horas antes de entregarla a mi editor, sentí un llamado profundo. Y la cambié. Quizá sea algo mayor guiando mis pasos. Tal vez sea esa voz que nos atraviesa a todos como humanidad, una presencia que a veces reconocemos y otras solo intuimos.

Está aquí, siempre ha estado con nosotros, basta con recorrer nuestra historia en retrospectiva para apreciar mejor su participación en nuestra vida. El texto de hoy es muy personal.

Comencé a revisar cada capítulo, página por página, a una velocidad infinita, demasiado breve para retenerlo todo. Algunas cosas buenas, otras difíciles y pocas neutrales, pero todas igual de valiosas. Recuerdo aquella vez, en mis primeros tiempos de universitario. Hace diez años. Apenas comenzaba la carrera de periodismo en Barranquilla.

Estaba en casa de mi abuela cuando llegó una delegación de pastores jamaiquinos. Así es, tal cual, en Barrio Abajo, entre mecedoras que crujían y el sonido lejano de un picó en la esquina. Cualquiera diría que es normal hoy en día cuando el mundo está tan conectado.

El punto es que, mientras ellos pronunciaban palabras positivas para cada uno de mis familiares —yo era el último en la fila—, recibí unas declaraciones que sólo comprendería años después. Muchos hablaban de prosperidad, abundancia y bendiciones generales, pero las mías fueron muy concretas. En ese momento, desconocía el trabajo de aquellas delegaciones, pero algo hizo clic en mi cabeza.

Primero me preguntaron si tenía mi pasaporte listo. Contesté que por qué. «Porque vas a conocer el mundo», me dijeron. «Recorrerás países gracias a tu profesión, que es comunicar» —y eso sin saber que yo estudiaba periodismo—. «Todo a través de la religión y la política». Me quedé frío, porque en ese momento no tenía la mínima conexión con esos ámbitos; las posibilidades, o siquiera la búsqueda, estaban lejos.

Ese día, por primera vez, recibí un mensaje de un agente externo. Pasé el resto del día más contento que un niño volando cometa. Más aún cuando el diálogo terminó con un: «Tienes el espíritu del Rey David sobre ti. El diablo te quiere matar, pero no puede contra los ángeles de Dios. Mantén siempre la mirada en lo alto».

Años más tarde, ya graduado y radicado en Bogotá, justo en ese corto pero decisivo tiempo en El Espectador —cuando me afiancé en la búsqueda por aportar, de algún modo, a la causa raizal—, aquel mensaje de los pastores regresó a memoria.

Desde la redacción me asignaron una entrevista con miembros de la Santa Sede en el Congreso de los Pueblos para hablar sobre el conflicto armado.

Era 2018 y Colombia transitaba los primeros meses del gobierno Duque. Había debates por la implementación del Acuerdo de Paz, que avanzaba en medio de expectativas y tensiones nacionales. La ciudad andaba entre marchas y titulares, entre lluvia y tráfico, y yo con mi libreta, esperando comprender el pulso de la capital (y de la profesión). Finalmente dialogué sobre el tema con monseñores, arzobispos, líderes sociales y activistas.
Pero también —y sin que estuviera previsto— sumé tres horas sobre el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Tras ese encuentro hubo meses en los que, como una persona monotemática, sólo les hablaba de eso. Conmigo era todo sobre las islas. Aunque no era el primero ni el único en hacerlo. Era como un afán de buscar que todas las miradas habidas y por haber se fijaran en la riqueza cultural del lugar más pequeño y más místico del Caribe.

El resto de la historia pocos en la isla la conocen. Todo transcurrió con normalidad hasta mi encuentro con el papa Francisco.

Fue aquel día, cuando atravesé la biblioteca privada del Vaticano con mi bandera de San Andrés y una carpeta entre las manos, que aquella profecía de la delegación jamaiquina cobró todo su sentido.

Desde entonces, no he dejado de repetir el título de esta columna: Él está aquí.

Lo veo en todas partes, entre los arbustos, en el aire y en los rostros. Lo veo porque reconozco a sus ángeles. Hay millones de personas que, al igual que yo, tienen sus propias predicciones y confían en que todo es parte de un plan divino. Muchos tienen una convicción inquebrantable y un sentido claro sobre la justicia. Dios siempre envía a sus mensajeros. Puedes encerrarte, que igual tocarán a tu puerta. Otras veces eres tú, quien sin malicia, vas y tocas.

Él está aquí porque ustedes lo están.

Por esta vez diré que las profecías se cumplen. La mía, tal vez, aún no ha sucedido del todo; ver señales no es lo mismo que verla realizada por completo. Tengo muy claro que él nos va moldeando primero, preparándonos paso a paso, antes de mostrarnos al mundo como el verdadero milagro que somos.

Ustedes, ángeles de la Tierra, son las manos de Dios sembrando esperanza.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 06 de Julio de 2025 06:21 )  

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