Se lo llevó a España una turista mayor, un jueves 23 de enero, a las 5:45 de la mañana. Ella había descubierto ese pueblo corto en una revista vieja, y le pareció una aventura venir a colonizar con su acento, el chisme de esas ocho manzanas. Se lo llevó como un suvenir, un pajarito encerrado en una jaula de madera, para tomarle fotos y comentar con sus amigas. Pero Maximiliano no enseñaba los dientes en ninguna de las fotos, y lo devolvió cuando dejó de ser novedad y se volvió gasto.
La familia Grillo sintió algo de vergüenza al principio; esas no eran cosas de Dios. Coger camino con una mujer sin familia, sin tíos, sin abuelos, no era algo sano. Pero al más bello de los Grillo le dio igual. Frente a la posibilidad de conocer el mundo y estrenar el pasaporte que se había sacado en la capital, no había discusión.
Volvió cuando ya febrero se iba a acabar. Altanero como siempre, miró con asco a Elisa, la loca del pueblo, que se descubría las manos cada vez que el sol se ponía naranja. Ella era la única persona que realmente lo esperaba y, aun a pesar del desprecio que él le mostró, dejó de verse los dedos y le gritó: “¡Qué ganas tengo de cantarte!”. Como estaba loca, nadie le buscó explicaciones a la sentencia; quizás solo era una frase suelta o un código entre amantes improbables. Él siguió como si no la hubiera oído, como si aún estuviera de viaje.
Al final del camino, Maximiliano tenía un dejo de tristeza nadando en medio de la vanidad del trotamundos. Quizás debido a la vergüenza, pero seguramente por la edad, el abuelo se había muerto el 31 de enero, dejando sola a una, ya perdida de la mente, abuela. Maximiliano supo de esta noticia cuando se bajó del bus, y después de refrescarse en la casa de una tía, aceptó, para pagar su duelo inconcluso, quedarse con la vieja un par de noches.
La primera se levantó acalorado, sudoroso y de mal humor. Los gritos de una mujer lo sacaron del sueño cuando casi eran las 12:45. Primero creyó que era la abuela, pero entonces se encontraron los dos en el patio, igual de molestos, igual de valientes, armados con un palo de escoba, un crucifijo y dos chancletas, todas armas mortales para niños y fantasmas.
-“Es una bruja”, le dijo la anciana.
-“¿Qué bruja ni qué nada?”, le replicó él, con una muy pobre imitación de un acento gallego, como esos que usan los que viajan por primera vez cruzando el Atlántico y vuelven civilizados.
-“Búscala y clávale su chancletazo”, le ordenó la abuela. Y para evitar conflicto, chancleta en mano, Maximiliano hizo la mueca de que buscaba brujas.
La receta se repitió en las siguientes cinco noches. Y para la que sería la séptima del concierto, el muchacho amplió su búsqueda a los patios de los vecinos, separados por dos árboles de mango y un papayo.
Sobre el techo vio entonces a una gata amarilla, sin una rayita blanca o café, que maullaba con el mismo tono de la bruja llorona que andaba buscando. Su chancletazo llevó.
“Disque bruja, nada más que una gata llorona, tío”, comentó satisfecho con el mismo tonillo venido a menos, que se rehusaba a perder.
Se levantó a la mañana siguiente planeando explicar a los vecinos cómo se debían acabar las supersticiones y entrar masivamente en la modernidad de un mundo sin brujas ni lloronas. Practicó frente al espejo la narración de los detalles de su cacería y cómo todo tenía respuestas lógicas. Hasta que pasó por el centro del pueblo, y la mirada de odio de Elisa le paró los pelos de la nuca. Todavía traía pintada en la cara la chancleta europea de Maximiliano Grillo.






















