Ya lo dice el libro del apocalipsis: “Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (1, 5ss).
Reflexionemos más profundamente en Jesús como el mejor regalo de Dios, apoyándonos en esta historieta. Dani era el menor de los nietos. Una noche al rescoldo de la lumbre su abuelo le hizo esta confidencia: dicen los orientales que envolver un regalo es todo un arte. Si se utiliza demasiado pegamento o cinta adhesiva, el acto de desenvolver el regalo se convierte en algo violento: es preciso rasgar el envoltorio a tirones, todo lleno de nervios. Por el contrario, si el regalo está bien envuelto, con la cantidad justa de cinta adhesiva en los lugares adecuados, y si el lazo se deshace al primer tirón, el acto de desenvolver el regalo tiene cierto encanto. No hace falta ponerse nervioso y romper el envoltorio.
Hay hombres y mujeres -Dani- que son un regalo bien envuelto para los demás, pero no siempre tenemos un envoltorio fácil de abrir. Sólo las personas sencillas, espontáneas y francas lo son y constituye un auténtico placer estar con ellas: nos animan, nos hacen crecer... nos muestran su interior ... ". Mientras iba escuchando, Dani pensó: ¡Qué bueno tener a mi lado regalos bien envueltos, como mi abuelo!
Esta historia, referida a los seres humanos, es también aplicable a Jesucristo Rey del Universo, como el regalo de Dios envuelto de la mejor manera y dado a toda la humanidad. Destapar el regalo de Dios para la humanidad es un arte. ¿Con qué actitudes podemos destapar este hermoso regalo? Les propongo cuatro actitudes y todas comienza por R de Rey, para que las recordemos con facilidad.
Comencemos diciendo que lo primero es Reconocer en Jesús al Rey del Universo. “Miren: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron”. A Jesús tenemos que mirarlo como lo mira el profeta Daniel: “Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará” (7, 13s).
Jesús tiene el poder, el honor y el reino. No estamos de frente a un hombre más, ni ante un rey más de este mundo; estamos al frente del Supremo Señor. Reconocer a Jesús implica descubrir su grandeza y su poder, pero también nuestra pequeñez y nuestra pobreza. Hoy celebramos la grandeza de Dios y la humildad humana, el poder divino y nuestra limitación. Reconozcámoslo como nuestro Señor, nuestro Rey, nuestro Amo. Hoy, ante tanta soberbia humana que nos hace creernos dioses, es bueno recordar que el Rey es Cristo, el Señor.
La segunda actitud es romper, rebatir y rechazar el imperio del mal, de la injusticia y de la violencia. El reinado de Jesús, contrario a los reinados humanos, está al servicio del ser humano, de su promoción y de su dignidad. Jesús se presenta como el rey que viene con esa tarea. Pilato le pregunta, “entonces, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 36).
Estamos pasando momento de mucha violencia que parece que nadie la pudiera frenar; de escándalos de corrupción que meten en sus redes cada vez a muchas más personas; de grandes discursos mentirosos con apariencia de verdad; de supuestas defensas del bien común y de ecología que muy pronto dejan ver los intereses egoístas de unos pocos. Es ahí donde los cristianos tenemos que romper, rebatir y rechazar el imperio del mal. La fe en Jesucristo nos hace promotores y defensores de su reino. Tal vez es en este punto donde tenemos que poner mucho interés, para que la fe impacte y cuestione los reinos del mundo, como lo hizo valientemente Jesús ante Pilatos, Herodes y los representantes del poder.
La tercera actitud es Restablecer o restaurar el reino de Dios. No basta romper el imperio del mal, es necesario ofrecer alternativas. Comencemos por cuidar y fortalecer la familia, porque es allí donde tenemos la primera y fundamental experiencia de lo que significa el reino de Dios. Una familia unida, luchadora y solidaria es escuela del reino de Dios, sabiendo que “tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término” (Sal 92).
También es indispensable rehacer el tejido social con organizaciones fraternas y solidarias, que se conviertan en el ambiente alternativo a las propuestas que el mundo nos ofrece. Hoy es el día de la salvación, hoy, en estos momentos de la historia es cuando tenemos que comprometernos con nuestra Iglesia y hacer de sus comunidades una propuesta concreta de lo que es el reino de Dios.
La cuarta actitud es rezar. Dice el profeta Daniel que “Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron”. Postrarse y adorar al Señor es una actitud que brota del reconocimiento de Jesús como Rey. Ante el Rey no cabe otra actitud que postrarse y adorarlo, como lo exige el apocalipsis: “A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. Es un día para postrarnos de rodilla ante su inmensa grandeza para alabar su poder y admirar su gloria.
Estos son mi madre y mis hermanos, los que junto con María se postran y oran diciendo: A él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.






















